Decide y actúa

Tomar una decisión no siempre implica pasar a la acción. Son muchas las excusas que nos ponemos a nosotros mismos para postergar nuestras decisiones o para convencernos de que quizá no sean las mejores.

Pero decidir y actuar en consecuencia es, a menudo, la clave del éxito.

La indecisión ocasiona la pérdida de muchas oportunidades. El momento adecuado, el instante justo, a menudo es ahora; después ya será tarde.

Mientras pensamos si nos conviene o no aprovechar una circunstancia, o si es mejor esperar que cambie la coyuntura, seguramente la oportunidad se nos escape de las manos.

Y es que cada cosa tiene su tiempo y su momento, y a veces esperar significa perder.

decide y actúaLa decisión no es una ciencia exacta, y así no hay normas fijas que indiquen si hay que esperar para decidirse, ni cuánto. Lo único cierto es que cuando estamos seguros de algo no tenemos reparo en lanzarnos hacia ello y que cuando no lo estamos, sucede precisamente lo contrario.

A veces la indecisión está unida a la inseguridad y procrastinar las decisiones se convierte en una costumbre, aplazando una y otra vez la toma de decisiones hasta que ya no es necesaria porque la oportunidad ha desaparecido de nuestro alcance.

Postergar una decisión que ya está tomada es muy parecido a no haberse decidido; en ambos casos, nos quedamos atrapados en el peligroso terreno de la inacción. Una especie de arenas movedizas que nos impiden avanzar y también retroceder.

En cualquier caso, aplazar la toma de decisiones o la realización de las mismas supone el riesgo de perder una buena oportunidad. Y esperar una segunda oportunidad es muchas veces pecar de candidez.

La ocasión la pintan calva y hay que cogerla por los pelos; atraparla rápidamente cuando está delante porque, una vez se haya marchado, no encontraremos por dónde engancharla.

Y es que a la diosa romana Ocasión, una bella mujer completamente calva, a excepción de la frente, que tenía poblada de pelo, y con los pies alados como símbolo de la fugacidad de las buenas oportunidades, sólo se la podía agarrar cuando estaba de frente y por los pelos. Una vez emprendía la marcha, resultaba imposible detenerla. Por eso es tan importante lanzarse a por ella sin vacilar.

Decidirse y actuar garantiza siempre la victoria porque, tanto si acertamos como si nos equivocamos, saldremos ganando. De los errores podemos aprender, pero de lo que no hemos hecho, sólo lamentarnos.

Bien. Quizás ahora la cuestión sea: ¿Cómo empezar a moverse?