Después de un error, toca moverse

Errores, grandes y pequeños, cometemos con cierta frecuencia. Son algo natural e incluso irremediable, especialmente cuando comenzamos algo nuevo.

Al principio, no tenemos la certeza de si triunfaremos o fracasaremos, pero sí la de que, en algún punto, en algún momento cometeremos algún error. Naturalmente, cuanto más largo o complejo sea el tema, más errores cometeremos.

Lo que está claro es que los despistes, equivocaciones y tropezones estarán ahí. Hay que contar con ellos.

Sabiéndolo, no tenemos porqué esperar a cometer el error para decidir qué haremos después. Algunas decisiones las podemos tomar antes. Por ejemplo: Si no me sale bien esto, lo mando todo a la porra.

Pero, por bien que planifiquemos, habrá errores imprevistos. Si son pequeñitos, no pasa nada. ¡Adelante! Si son grandes, nos toca plantearnos el siguiente movimiento con la moral un poco tocada.

Cuidado con esto y con las decisiones que tomemos ofuscados por el coraje de habernos equivocado. Cuidado con tirar la toalla precipitadamente, confundiendo el error (por apoteósico que sea) con un fracaso.

Porque, además de su facilidad para aparecer cuando menos apetece, los errores tienen otra propiedad: Siempre pueden hacerse más grandes.

Hacemos el error más grande de lo que es, precisamente, cuando lo consideramos un fracaso (sin serlo) o, quizás, cuando dudamos de nuestra propia valía por haberlo cometido.

caminarTodos cometemos errores. Muchos. Y, cuando estamos tratando de aprender, de mejorar, de enriquecer nuestra vida, los errores son el precio que nos toca pagar, como ya dijimos.

La clave va a estar en utilizar la lección que nos dejan los errores para seguir adelante.

Claro que… ¿cómo nos quitamos ese sabor amargo del error para poder seguir? ¿CÓMO?

Despacio. Un error nos rompe el ritmo. Hemos de asimilarlo y ser comprensivos con nosotros mismos para volver a arrancar.

Por ejemplo: Si estás adquiriendo un hábito bueno para ti y un día rompes con él, no lo abandones. Te sugiero algo así (que a mí me funciona muy bien)…

Fase 1: Para. Tranquilízate.

Fase 2: Analiza qué ha fallado. Rectifica lo necesario y luego olvídate del error.

Fase 3: Para darte fuerza a la hora de volver a arrancar, fíjate en todo lo que has conseguido hasta ahora (para equilibrar). Pon el acento en lo positivo que encuentres y vuelve a entusiasmarte.

Y, por último (Fase 4), céntrate sólo en el día de hoy. Un día en el que irás despacio, paso a paso, arrancando de nuevo.

De esa manera aprovechamos lo aprendido con el error, evitamos que adquiera dimensiones mastodónticas y vamos retomando el buen camino. ¿Qué te parece?

Comments

  1. Camila says:

    Cuando mis errores han lastimado, me es tan dificil olvidar… aún después de pedir disculpa, solo tengo la seguridad que me han dejado un gran aprendizaje, no sé, si es un consuelo para no sentirme tan culpable, o hecharle la culpa a la irreverencia que da la juventud, solo me digo que nada más cierto, que lo que dice el dicho “si el joven supiera, y el viejo pudiera”.

    • Buen dicho, Camila. Gracias por compartirlo. 🙂 Sí, yo también he cometido errores que me han dejado de recuerdo ese sentimiento de culpa, tan doloroso… Y útil, si tenemos en cuenta que la culpa evita que volvamos a hacer lo mismo una y otra vez.

      Pero el tiempo atenúa el dolor y queda la sabiduría del viejo (hablo por mí). 😉 Uno se queda con la lección y aprende a perdonarse por los errores, dejando las culpas atrás. Cosa que sirve para ser también capaz de perdonar los errores de otros.

      Llega un momento en el que estás preparada para liberarte de culpas y liberar a quienes te hicieron daño. Llega el día en el que estás lista para perdonar y vale la pena hacerlo.

      Total, sólo somos humanos y, como tales, nos equivocamos y nos hacemos daño unos a otros (queriendo o sin querer) o a nosotros mismos. Y hay que seguir adelante…

      Gracias por tu reflexión y por ayudarme a mí también a pensar. 🙂 Mira que me enrollo…

      Saludos!