Los supuestos beneficios de procrastinar

La procrastinación es una práctica que todos conocemos. Para muchos, más que una práctica puntual, es un hábito o incluso un arte.

¿Por qué está tan extendida? Porque acarrea beneficios. De no ser así, nadie procrastinaría.

Lo que ocurre es que esos beneficios son un poco engañosos, porque la mayoría no suelen compensar las “pérdidas” que acontecen después. Hablemos de ellos, comenzando por el más evidente:

1. Sustituyes la tarea desagradable por algo más placentero

Es la trampa donde muchos caemos: Si te dan a elegir entre ver la tele o pasar la tarde trabajando en algo muy pesado, ¿qué eliges?

ver tele, procrastinar

2. Evitas ansiedad

La tarea que tienes enfrente te hace sentir inseguro y tú quieres librarte de ese sentimiento tan desagradable.

Definitivamente, lo pasas mejor en el cine. Así es que te dices:

Más tarde lo hago, cuando esté de mejor humor.

3. Puedes presumir de ello con tus colegas

Te los encuentras en el mismo cine (o en Facebook): — Hola, ¿qué tal?

Y compartís la experiencia procrastinadora. Habláis del tema, exponiendo cada uno su historia, sus penas y sus excusas.

Hay que admitirlo: La procrastinación nos conecta socialmente.

4. Es un acto de rebeldía

Si estás resentido con tu jefe u otros mandos, una forma de boicotearles es escaqueándote de tus obligaciones:

Se ha creído que le voy a entregar el trabajo mañana. ¡Ja! Como pronto, para la semana que viene; que pa’ lo que gano, bien canto.

Habrá que ver qué pasa más tarde…

5. Haces un “sprint” a última hora

Te va la marcha, la adrenalina fluyendo a tope. O bien piensas que, como la vida es corta, mejor aprovechas la diversión hasta el último minuto.

Decides trabajar bajo presión. Porque, además, así te concentras mejor. (Eso te dices.)

6. Evitas discusiones

No tienes ganas de discutir, de pelear o de defender tus argumentos. Es doloroso y estresante para ti. Por eso decides postergar la confrontación.

Puede tratarse de una decisión acertadísima… O no, si dejas sin resolver una situación que podría arreglarse hoy mismo.

7. Evitas gastos

Pospones la compra de un aparatejo, por ejemplo. ¡Bien hecho! Al cabo de los meses ha bajado de precio significativamente… O puede que ya ni exista.

8. Tu “delito” queda impune

Cuando te acostumbras a postergar las cosas y no sufres apenas consecuencias negativas, tienes la excusa perfecta para hacerlo igual la próxima vez.

9. Evitas a perpetuidad lo desagradable

Si evitas reunirte con alguien una y otra vez, es probable que desista al cabo de un tiempo y te libres de ese compromiso.

O si en casa, por mucho que te lo digan, sigues sin lavar los platos después de comer. Resulta que libras de la tarea, porque la persona que termina haciéndola se cansa de insistirte.

Son ejemplos. No siempre ocurre eso.

10. El futuro da un giro a favor

Postergas una decisión y tienes la suerte de que, poco después, aparece información adicional que sirve para orientarte mejor… O, quizás, una opción distinta. ¡Bien! ¡Acertaste!

Aunque también puede pasar que, por no decidirte a tiempo, pierdas una oportunidad valiosa. En este caso, también se refuerza la procrastinación, porque ha desaparecido el problema de tu cabeza. Ya no hay ninguna decisión que tomar.

11. Te sirve de excusa ante el fracaso inminente

Cuando la cosa sale mal, piensas: — Si me hubiera empleado a fondo, habría tenido éxito.

Y te lo crees, claro, porque tienes que proteger tu autoestima…

12. Combates el miedo al éxito

El éxito conlleva demasiadas responsabilidades: Quizás más trabajo, más gente con la que lidiar… ¡Ufff…! Es abrumador.

Supondría un cambio que no te hace gracia. Así es que lo evitas, conformándote con lo que tienes ahora.

Conclusión: Procrastinar acarrea una recompensa temporal que, en muchas ocasiones, no compensa. En otras, puede que sí…

Conocer estos supuestos beneficios nos hace más eficientes a la hora de postergar conscientemente o de resistirnos a la tentación de hacerlo.

Ahí quedan, pues. Si quieres apuntar alguno más, estás invitado a hacerlo.