¿Sabes cómo manejar el éxito?

Ya vimos que fracasar no es tan malo cuando extraes una lección valiosa que te sirve para seguir adelante. ¿Y el éxito? ¿El éxito es siempre bueno para nosotros?

Ay, por favor… No digas que tú no tienes éxito.

Porque, del mismo modo que a todos nos toca apechugar con fracasos ocasionales cuando emprendemos algo, también todos cosechamos éxitos, grandes y pequeños.

Lo que pasa es que a veces no aprovechamos el éxito en condiciones.

Neutralizamos sus efectos, o bien, adoptamos algunas actitudes que lo convierten en una experiencia negativa. ¿Por ejemplo?

hombre exitoso

Presumir el éxito

Imagina que, de la noche a la mañana, yo doy un pelotazo con este blog y se convierte en un éxito rotundo (que no es el caso, por ahora).

Y yo, embriagada de la emoción, me dedico a restregárselo por ahí a todo el que pueda.

¡Eh! ¡Mira lo que he conseguido! Tengo un talento prodigioso…

Lo malo que tiene esto de presumir es que, como uno se siente importante, se vuelve un hábito… y cada vez presume más y más. Total, que acabo convirtiéndome en una creída a quien no hay quien le tosa.

¿Qué gano con esto?

  • Probablemente, comenzaría a caerle mal a muchas personas, porque a poca gente le gustan los creídos.
  • También me encontraría a otros creídos, como yo misma, empeñados en demostrarme que son mucho mejores que yo.
  • Y, para bajar a la tierra, un buen día descubriría que hay personas que hacen mejor trabajo que yo, de más calidad, que tienen más éxito y que no van por ahí fardando de ello.

Para que veas. Con mi actitud he transformado el éxito en una experiencia destructiva. En lugar de celebrarlo y aprovechar las nuevas oportunidades, me he dedicado a crearme algún que otro enemigo.

Quitarle toda su importancia

En el término medio suele estar la virtud. En este caso, en lugar de presumir, minimizo o ignoro el éxito.

No es nada. Eso puede hacerlo cualquiera.

Con esa actitud no estoy siendo justa conmigo misma. Le estoy quitando todo el valor a mi trabajo, a mi esfuerzo. Y, además, dejo de aprovechar una de las principales ventajas del éxito: su poder motivador.

Porque, cuando uno se alegra de lo que hace bien, además de fortalecer la confianza en sí mismo, obtiene energía para seguir adelante; para hacerlo cada vez mejor o para emprender otros proyectos.

Acomodarse

Esta actitud la explica el refrán: Cría fama y échate a dormir.

¡Hala! Como he tenido éxito, ya estoy contenta. No necesito seguir esforzándome.

Está bien tomarse un tiempo de relax para celebrar el éxito. Pero, ¿quedarse ahí? No, no es buena idea.

Porque todo cambia. Y me voy a decepcionar bastante al comprobar que hay momentos de subida y también de bajada.

Algo más sabio es que continúe trabajando, aprovechando esta vez el viento a favor, pero sin estancarme (ni en fracasos ni en éxitos).

Desmerecer el papel de los demás

En muchos éxitos es crucial el apoyo que obtenemos de otras personas. Siguiendo con el ejemplo, si yo llegara a triunfar, ¿crees que sería debido únicamente a mi talento y a mi esfuerzo?

Pues, no. Aunque esos dos elementos sobraran, para que yo tenga éxito necesito que la gente visite, lea el blog y comparta contenidos. Así funciona.

Digo el blog, porque es el ejemplo que tengo más a mano. Pero fijémonos en cualquier éxito “grande”. Muy difícilmente se produce si no es con la ayuda de los demás.

Reconocerlo y agradecerlo es honrado, además de una actitud que es muy bien recibida y que ayuda a estrechar relaciones, ¿no crees?

Conclusión: Un éxito mal gestionado puede ser más dañino que un fracaso. Hemos de aprender a aprovechar la experiencia para crecer, ya se trate de un exitazo o de un éxito pequeñito.