¿Cómo se siente la gente cuando tú te vas?

A lo largo y ancho de este blog hemos reflexionado sobre los malestares que se derivan de tratar con gente negativa.

Para hacerlo muy corto, consideremos “negativa” a esa gente que te deja los ánimos por los suelos cuando desaparece de escena.

En realidad, “negativos” podemos ser todos en un momento dado. A ver quién puede decir que nunca en su vida ha sembrado una mueca de infelicidad en el rostro de otra persona…

Ocasionalmente, TODOS somos un poco repelentes, cabezones o insensibles con otros.

Hasta la persona más positiva de nuestro entorno puede soltarnos una insolencia como una catedral en uno de esos minutos tontos que los humanos tenemos cada día.

amable

Cometemos errores. Ya está. Dejemos de sentirnos mal por eso.

Yo puedo levantarme con el pie izquierdo y tener contigo un gesto antipático. No pasa nada. Lo preocupante es que continúe haciendo lo mismo, una y otra vez, (supuestamente) sin darme cuenta de que te estoy fastidiando.

Naturalmente, tú ya no estarías tan cómodo al verme aparecer. Nuestras interacciones serían más tensas. Por lo que, con el tiempo, yo tampoco me sentiría bien a tu lado.

Total, siendo repelente contigo también me perjudico a mí misma.

Es por eso por lo que me hallo evaluando mi propia toxicidad. Me interesa que mis interacciones con los demás sean positivas en su mayoría. Así ganan ellos… y yo, también.

¿Cómo lo hago? Preguntándome cosas como:

  • ¿Intento que la otra persona se sienta bien o me importa un bledo?
  • ¿La escucho? ¿Soy de ayuda?
  • ¿Le meto prisa?
  • ¿Me empeño en salirme con la mía? ¿Necesito tener la razón a toda costa?
  • ¿Dejo que se equivoque cómodamente o me apresuro a corregirle en cuanto noto su error?
Una interacción es positiva cuando los dos ganamos. Si mi postura es que “para que yo gane, tú tienes que perder”, seguiré llevándome de pena contigo.

Ejemplo 1: Tú te equivocas. Yo te saco el error a relucir y me siento muy bien. Tan bien, que no sólo lo hago contigo sino con todo aquél que me encuentro.

A la larga, gano menos con ese tipo de interacciones en las que me empeño en quedar “por encima” del otro, que en las que procuro que se sienta bien.

Ejemplo 2: Tú te equivocas. Yo te miro a los ojos y te sonrío como si hubiera sucedido algo gracioso. Enseguida te das cuenta del fallo y comenzamos a hacer bromas.

¿Qué trabajo me ha costado influir en que no te sientas mal? Ninguno. Hasta nos hemos reído. Los dos hemos ganado.

¿Te apetece pensar sobre el tema? En general, ¿cómo crees que se sienten los demás cuando tú sales de la habitación? ¿Le ves sentido a que procurando que se sientan bien también te beneficias tú?

Imagen de Ed Yourdon