A cuestas con el enemigo

¿Hay una persona en tu vida cotidiana que acostumbra a criticarte duramente? ¿Te juzga sin que abras la boca para explicarte? ¿Te insulta? ¿Te desmotiva con su pesimismo?

En caso de que la haya, me imagino que no le harás mucho caso o, si tienes la posibilidad, le darás esquinazo al verla aparecer. No es que sea mala gente; es que su actitud te hace daño.

El problema es cuando esa persona vive muy, muy cerca. Tan cerca, que está dentro de ti. En ese caso, es más difícil evitarla.

enemigo

Quizás, con el paso de los años, te has acostumbrado a su presencia. Crees que no te afecta demasiado que esa personita esté “dale, dale y dale” con su cantaleta de siempre.

Pero sí lo hace. Es como la gotita que no deja de caer hasta formar una erosión visible desde el Google Earth.

  • Acabas tus tareas del día. La vocecita, muy contrariada, te recuerda que te has dejado tres pendientes.
  • Terminas de hacer ejercicio. La vocecita dice que te ha faltado correr más rápido y poner más entusiasmo.
  • Tienes un éxito en cualquier área de tu vida. La vocecita no te deja celebrarlo: – “¿No te das cuenta de lo mal que va el resto?”
  • Te equivocas en una tontería y a la vocecita le falta tiempo para llamarte: “¡merluzo!” (o algo peor).

¿Las conversaciones contigo mismo suelen ser así, de ese estilo? Entonces, tienes al enemigo dentro. ¡Qué terrorífico!

Combatiendo al enemigo

Discúlpame la exageración. En realidad, no hay tal enemigo, sino un mal hábito. (¿Ves? Yo también tengo el mal hábito de dejarme llevar por el drama.)

Pero ese mal hábito (el de hablarte como si fueras tu enemigo) se puede ir cambiando poco a poco con acciones (repetidas y constantes) como éstas:

  • Prestando atención a la vocecita, por si no tiene razón, poder frenarla o replicarle.
  • Alegrándote de lo que terminas. Que cuando te digas: “¡Buen trabajo!”, la vocecita no rechiste.
  • Recordando (al final del día, por ejemplo) las cosas que has hecho bien. Por supuesto, sin dejar que la vocecita diga: “PERO…”
  • Cuestionando los errores, las excusas, las preocupaciones y todo eso que tu vocecita dice que anda mal. Átala en corto, antes de que haga una montaña de un grano de arena.

¿Por qué?

Porque puedes seguir responsabilizándote de los errores que cometas, planteándote retos ambiciosos y progresando en los que hoy trabajas, sin necesidad de que una parte de ti esté únicamente pendiente de lo que falta o de lo que haces mal.

Claro que vas a cometer errores. ¡Muchos! Te faltarán cosas por hacer. Pues, sí. Pero, para arreglar todo el paquete, no necesitas que una parte de ti esté machacándote y hundiéndote.

Del mismo modo que no me lo permitirías a mí o a otro, no se lo permitas a esa vocecita impertinente.

Imagen de Jollyboy