Lo que tú detestas, otro lo disfruta

Hablemos de gustos. Se admiten todos, como los colores, excepto los que interfieren con los derechos básicos de los demás (libertad, dignidad…).

Hay quien critica los gustos diferentes de otras personas, como si su criterio fuera el correcto y los diferentes estuvieran equivocados o hubiera algo “raro” en ellos.

¿Qué ocurre contigo que no te gusta la paella? ¿Es que has nacido con el paladar atrofiado?

Otros conviven en paz con las diferencias; las respetan, que ya es bastante. No se desgastan en juzgar y en molestar a otros por sus aficiones y preferencias.

Sabia actitud. Así nos ahorramos todos muchos malos ratos.

diferentes

Pero esta reflexión no va sobre lo solemne del respeto, sino sobre lo divertido de las diferencias. Porque el humor rompe prejuicios y barreras, tú sabes.

Dime. ¿Qué cosas son las que menos te gustan? Así digas que detestas esperar en la cola del supermercado (u otra cosa lo mismo de fastidiosa), seguro que encuentras a una persona en este mundo, que no sólo lo lleva bien… sino que lo disfruta.

Pensando en cosas menos extremas, pongamos que detestas los lunes, madrugar y el ruido que hacen las palomas.

No tienes que ir muy lejos para encontrar a quien le encanten esas cosas: Aquí estoy yo. 😀

Yo, que antes miraba con cara de asquito a quien veía comer marisco en las cenas navideñas. Ahora, más que fijarme en mi propio disgusto, observo lo feliz que es otra persona con eso que a mí no me gusta.

Tiene su gracia verlo así. La felicidad le brota por los ojos; desborda placer mientras se come un centollo. (Y pensar que yo no me lo comería ni aunque me pagaran…)

¿Te has fijado tú en esto? Lo que son torturas para ti pueden ser un gran placer para otros (y viceversa).

Y, ya que la vida es cortita, ¿qué te parece si nos alegramos de que otros encuentren disfrute a su manera? Ya sea madrugando para comerse un centollo en la fila del supermercado… Si no le hace daño a nadie, ¡contemplemos su felicidad!

Imagen de Andrew Morrell Photography