Un ingrediente necesario en la amabilidad

Muchos de nosotros tratamos de cultivar la amabilidad a diario, multiplicando los gestos generosos hacia quienes nos rodean y observando que, por hostil que a días nos parezca el mundo, abunda la gente buena y solidaria.

La amabilidad es un rasgo muy extendido. Continuamente vemos muestras del mismo. En general, la gente es amable. Por ejemplo, te pierdes en una ciudad y pides indicaciones, y son pocos los que te contestan de malas.

No obstante, eso no quiere decir que todos seamos amables todo el tiempo. (Hasta el mejor escribano echa un borrón.) Y tampoco quiere decir que no existan personas con escasa predisposición a la amabilidad.

Desafortunadamente, hay personas que eligen con frecuencia aprovecharse de la amabilidad de otros para conseguir lo que quieren. Personas que abusan y, cuando les das la mano, se toman el codo sin cortarse lo más mínimo.

flores en el suelo

En ese caso, ¿es buena idea corresponder con amabilidad a quien se comporta de manera deshonesta o abusiva? ¿Es recomendable poner la otra mejilla?

Eso lo decides tú. En mi opinión, no es sano.

  • No es sano que seas amable con quien te falta al respeto. Le estás dando pie a que lo vuelva a hacer.
  • No es sano que sigas siendo amable con quien, pudiendo corresponder con lo mismo, no lo hace.
  • Y tampoco es sano ser amable con quien usa tu amabilidad para hacerse mal a sí mismo o a otras personas.

La amabilidad empieza en ti mismo

Esto es lo que la gente que se pasa de amable suele olvidar. Tiene poco sentido ser amable con los demás cuando estás irrespetando a la persona que tienes más cerca: tú mismo.

Esa persona también merece respeto. El mismo respeto que las demás.

Y, cuando uno mismo permite que a esa persona la hieran, que se aprovechen de ella o que la pisoteen constantemente pudiendo hacer algo para evitarlo, está faltándole al respeto.

Es necesario que ponga límites, que se los haga saber a los demás y los defienda. Porque es uno mismo el que enseña a los otros cómo quiere que lo traten.

El respeto ante todo

Ésa es la base de las buenas relaciones: El respeto (hacia uno mismo y hacia los demás). Si no hay respeto, la amabilidad pierde su lado virtuoso. Se convierte en abuso y resentimiento.

Con respeto, sí. La amabilidad brilla y cada gesto que realicemos contribuirá a reforzar nuestras relaciones y a que vivamos todos más felices. Pero, claro, ese ingrediente tiene que estar en la receta.