Ideas para quejarte de manera positiva

El hábito de quejarse continuamente es nefasto. Uno se acostumbra a poner más atención a lo que no funciona o amenaza su bienestar. Y eso se traduce en más estrés e insatisfacción vital.

Está claro. Tan sólo eliminando las quejas de tus expresiones cotidianas, ya le estarías haciendo un favor a tu salud.

Sin embargo, eliminar todas las quejas cuando uno está tan habituado a echarlas al aire es muy, muy difícil. A veces te das cuenta de que te has quejado a posteriori, cuando ya has enterado al mundo de lo fastidiado que estás.

Dímelo a mí. En invierno hay días en los que no me aguanto ni yo. Entre el frío, los días tan cortos, el dolor en las articulaciones… (¿Ves? Ya me estoy quejando.)

palabras y frases positivas

Decir lo que sentimos; sentir lo que decimos; concordar las palabras con la vida. (Séneca)

¿Porqué cuesta tanto dejar de quejarse?

Porque es un hábito. A quien lo tiene enraizado, le sale la queja automáticamente.

Por una cuestión de supervivencia. Somos animales (racionales). Y, ante cualquier estímulo peligroso o doloroso, se activa ese mecanismo de defensa para protegernos del mismo.

Por su utilidad para desahogarse. Es como cuando te rascas un picor. Al principio te alivia. Pero, si te pasas rascando, te dejas la zona en carne viva.

Porque la queja une a la gente. Se juntan dos personas que comparten la misma queja y conectan enseguida. Nunca falla. ¿A que te sientes muy cercano a la persona que expresa tu mismo malestar?

Estas razones bastan para darnos cuenta de que, de buenas a primeras, es complicado dejar de quejarse.

¿Entonces, qué hacemos?

Por un lado, sería sano reducir el número de quejas. Por otro, podemos intentar darle un giro positivo a esas quejas que se nos escapan.

Vale. Puede que no nos queden expresiones totalmente positivas. Pero sí podemos mermar la carga de negatividad que contienen.

¿Y cómo podemos hacer eso? En FastCompany nos apuntan ideas realistas y practicables, tanto para reducir quejas como para darles un toque positivo. Vamos con ellas.

1. Definir qué es una queja y qué no lo es. Decir que hace mal tiempo, por ejemplo, no es una queja. Es una simple observación. Queja sería: “Qué asco. Tengo que salir a la calle con la que está cayendo.”

¿Cómo diferencias unas de otras? Puedes distinguir las quejas de las meras observaciones por lo que sientes cuando las pronuncias. ¿Notas malestar? Entonces, sí. Es una queja.

2. Prestar atención a tus quejas frecuentes. Date unos días para observar cada cuánto te quejas y cuáles suelen ser las razones.

Cuanto más consciente seas de lo que dices, más fácil será recortar este tipo de expresiones.

3. Poner distancia con los quejosos compulsivos.

Distancia física, distancia emocional o, si no queda de otra, devolver la pelota diciendo algo positivo. (Aquí tienes estrategias para que escojas.)

4. Buscar soluciones.

¿Se te escapa una queja? Que no quede en el desahogo. Busca qué puedes hacer al respecto. Es la medida más positiva de todas.

5. Añadir un “pero” positivo.

¿Se te escapa otra? Arréglalo con el “pero”: “Tengo que salir a la calle con la que está cayendo, PERO al regreso voy a tomar un delicioso baño.” Así le das un giro para llevar tu atención a lo positivo.

6. Cambiar “tengo que” por “voy a.

Tengo que salir a la calle” suena a obligación, a condena. “Voy a salir a la calle” tiene una connotación distinta: Lo haces porque quieres. Por la razón que sea, pero quieres.

Es un cambio sutil, pero también ayuda a poner el acento en lo positivo. Y todo suma. A la larga, se te hacen naturales las nuevas expresiones y te sientes mejor.

Las palabras y expresiones que dices a diario influyen en cómo te sientes.

Intentar quejarte menos, matizar las quejas que se te escapen o actuar sobre ellas, acto seguido, contribuye a que vivas más relajado y a gusto. Compruébalo por ti mismo, si te queda la duda.

Imagen de Marc Wathieu