Objetos que prometían una vida mejor

Compramos un curioso aparato de ejercicios con la esperanza de tener un cuerpo estupendo, como el de los modelos que lo anunciaban.

Compramos un trastillo moderno, porque nos aseguraban que nos ahorraría tiempo en la cocina.

Compramos un tratamiento ultra-milagroso que prometía reducir visiblemente las arrugas.

Ésos u otros objetos “especiales”. Cuando los compramos, también estamos adquiriendo la promesa que nos venden con ellos.

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Muchos de nosotros hemos comprado artículos que no cumplieron su promesa. ¿Te ha pasado a ti?

Algunos permanecen arrumbados en casa y es difícil deshacerse de ellos, no tanto por el objeto en sí mismo, sino porque también estás tirando a la basura esa ilusión que compraste con él.

Te resistes. Te sientes culpable de no haberlo usado apropiadamente. Le das tiempo para que algún día el objeto cumpla la promesa con la que vino envuelto. Te aferras al deseo de que las cosas sean diferentes, más que al objeto.

Pero mantenerlo ahí, arrumbado, no hará que las cosas cambien. Cuando comenzaste a usarlo, se suponía que iba a cumplir su promesa y no lo hizo.

Quizás sea más beneficioso sacarlo de casa. Dejarlo ir, junto con la necesidad de tener un cuerpo escultural, de cocinar a la velocidad de la luz o de parecer 20 años más joven.

Una vez que lo saques, te liberarás también de expectativas poco realistas y de la culpa por no alcanzarlas. Sacarás ese objeto, que es un recordatorio del dinero, el tiempo o la ilusión que desperdiciaste.

El objeto no puede darte lo que prometía: Una vida mejor. No le debes nada. Así que, ¿para qué vas a seguir dándole espacio en tu vida?

Tal vez tu vida sea un poquito mejor sacándolo que dejándolo donde está.