¿Qué haces cuando te enfadas?

La ira es una emoción incómoda que todos conocemos bien. Así como nos consta que dejarse llevar por ella puede ser desastroso.

Nos enfadamos cuando nos tratan mal, cuando no respetan a las personas que queremos, cuando nos quitan lo nuestro, cuando nos sentimos impotentes, etc.

A veces, la ira se desborda y decimos o hacemos cosas que más tarde lamentamos: gritamos, amenazamos, damos portazos, insultamos (a la cara o a las espaldas) o, del mismo rebote, abandonamos eso por lo que tanto habíamos luchado.

Hay que ver la destrucción que cabe en esos momentos iracundos… ¿No sería mejor intentar no cabrearse? O, al menos, ¿podría reducirse el enfado al mínimo?

muy enfadada

Dada nuestra experiencia con las consecuencias negativas de la ira, la consideramos más bien un problema y dejamos de ver su lado útil, que lo tiene.

¿Útil? Desde luego. Todas las emociones, incluida la ira, sirven para “avisarnos” de algo.

Cuando acercas tu mano al fuego, el dolor “te avisa” y tú la retiras para no quemarte.

Pues ese dolor que llamamos ira es otro aviso de que algo nos está fastidiando. Y, en este caso, nos impulsa a defendernos y a superar el obstáculo que se trate.

Por tanto, el problema no es exactamente la ira, sino lo que hacemos dejados llevar por la emoción. Estar muy enfadado es una cosa y dar rienda suelta al calentón, otra.

En plena efervescencia iracunda es cierto que no se puede pensar con claridad. Pero siempre podemos esperar a que pase un poco la tempestad. Y, posteriormente, analizar la situación “cabreante”, decidir qué hacer al respecto y utilizar la energía del cabreo en ejecutar el plan.

¿Qué haces tú con la ira?

Dar rienda suelta al impulso destructor no es el único error que podemos cometer cuando experimentamos ira.

Hay otros dos errores que también pueden ser dañinos: (1) Ignorar la ira y/o (2) Reemplazarla a la fuerza con pensamientos “felices”.

Junto a ellos, está la opción más saludable: aceptar la ira. Aceptar que estamos cabreados y permitirnos sentir la emoción nos ayudará a entender mejor la situación y a elegir qué hacer al respecto.

Es normal que prefiramos sentirnos bien a sentirnos mal. Cortan el agua justo cuando vamos a ducharnos y no nos apetece cabrearnos. Por mucho que sepamos que estas cosas pasan, es natural enfadarse. La ira es una emoción congruente con la situación, que es desagradable.

¿Por qué negar que nos afecta? Permitirnos sentir esa molestia es necesario para aprender a manejarla.

Hay excepciones…

La ira no siempre es tan útil. Pensemos, por ejemplo, en el resentimiento que queda después de, supuestamente, haber aclarado una ofensa. Permanece ahí, latente. Y, el día menos pensado, se da la situación que… ¡bum!… lo hace estallar.

Si se supone que ya resolvimos ese asunto, ¿para qué nos sirve la ira?

En casos así, tampoco nos trae a cuenta ignorarla o anestesiarla. Es preferible aceptarla y admitir que hay un motivo que explica esa ira. Cosa que no quiere decir que la amplifiquemos o nos aferremos a ella.

Una vez calmados, es el momento de preguntarnos por ese motivo: ¿Qué amenaza, injusticia, pérdida… hay detrás de ella? ¿Qué podemos hacer al respecto?

Ésa es la manera de encontrarle el lado útil a la ira: No ignorarla, no empujarla “dentro” hasta que desaparezca, no forzarla a que se transforme en otra cosa, sino ACEPTARLA.

Así podemos entender mejor la situación y utilizar esa energía poderosa en hacer los cambios que estimemos convenientes.

Imagen de Evil Erin