Un experimento: Más corres, más te estresas

Cuando sientes que el día no te da abasto para todo lo que quieres hacer, una reacción frecuente es acelerar: pensar más rápido, moverte más rápido, terminar las tareas más rápido.

Al revés también suele cumplirse: Cuando vas muy rápido, mayor es la sensación de que estás presionado y más estresado te sientes.

Esto pasa porque el agobio y las prisas son reacciones al estrés, pero también causas del mismo.

¿Te apetece hacer la prueba?

Elige una misión: Arreglar la cocina, por ejemplo. En lugar de limpiar y fregar a tu ritmo habitual, dobla la velocidad.

prisa

Al principio, muy bien. Sientes que avanzas ágilmente. Pero, cuando llevas un rato y quieres mantener la rapidez, notas los efectos de la velocidad forzada.

Respiras más deprisa; tu corazón late más rápido… Vamos, lo típico que experimentas cuando te estresas. ¿Y quién ha provocado el estrés?

Cuando no estás apremiado de tiempo para arreglar la cocina (u otra cosa) y empiezas a correr, le estás diciendo a tu cerebro: ¡Estamos en peligro! ¡Venga ese chute de adrenalina! … Entonces, tu cerebro, muy obediente, desencadena los mecanismos del estrés para responder a la amenaza.

Desde luego, hay situaciones en las que acelerar es una buena idea. Te llaman para ir al cine por la tarde y tú, encantado de la vida, dejas la cocina reluciente en tiempo récord. Otras veces, aceleras por emergencias, imprevistos y demás.

En muchas ocasiones, acelerar es lo apropiado y cierto estrés, beneficioso. Lo que no es beneficioso es hacer de las prisas un hábito, por lo que hemos dicho: A más prisas, más estrés, con el desgaste que eso supone.

Cuando aceleras por sistema, sin que haya necesidad para hacerlo, más estresado y presionado te sientes. Y, obviamente, la “cura” para esto es hacer lo contrario: ir más despacio.

¿Te apetece comprobar lo contrario?

Ponte con la misión anterior (arreglar la cocina o lo que sea) y baja un poquito el ritmo. (No, no hace falta que vayas como un caracol.)

Respira con calma, céntrate en lo que estás haciendo, quita las distracciones de en medio y compórtate como si estuvieras dentro del tiempo previsto para la tarea.

Cuando termines, probablemente no sentirás ese desasosiego que desencadenan las prisas. Estarás más tranquilo y menos cansado.

¿Aceleramos por costumbre?

En nuestra sociedad, estar ocupado y con prisas es prácticamente una virtud.

Nos hemos acostumbrado a hacer las cosas rápidamente y, muchas veces, nos apremiamos sin necesidad, lo que desencadena el estrés y la sensación de que tenemos muchísimo trabajo.

Y, al sentir que tenemos tanto trabajo, más corremos y más nos estresamos. Es un círculo vicioso, ¿ves?

El ritmo al que hacemos las cosas afecta a cómo nos sentimos. ¿Qué tal si somos más conscientes de esto y lo usamos a nuestro favor?

¿Qué tal si probamos a ir con más calma cuando no hay necesidad de correr tanto?

Sería bueno hacer un experimento más largo, para ver cómo nos sentimos después de unos cuantos días bajando el ritmo allá donde podamos. Para mí que nos sentiríamos mucho mejor.

Imagen de whileseated