Pregúntate: ¿Para qué?

Espera. Antes de dedicar tu tiempo y tu energía a eso que se presenta, pregúntate cuál es el propósito: ¿Para qué hago esto?

Descubrirás que hay pensamientos o acciones que son una pérdida de tiempo, así como pensamientos y acciones que merecen cada segundo que inviertes en ellos.

¿Merece la pena preocuparse, quejarse, cabrearse? La mayoría de las veces, tal vez no. Pero hay ocasiones en las que esas expresiones claras de negatividad te mueven hacia una acción positiva.

Para poner un ejemplo, te cuento un problema que tuve con el banco. La semana pasada les pedí que cancelaran la renovación de un producto.

¿Me hicieron caso? No. Lo renovaron igualmente. Y, cuando esta semana lo descubrí, me enfadé bastante.

objetos perdidos

¿Para qué pillar esos rebotes, con lo malo que es para la salud? Para algo muy positivo, en este caso: Volver al banco y no salir de allí hasta que el problema se resolviera de manera satisfactoria.

Eso hice. Ayer me ocupé del asunto. Cuando salí del banco, regresé a casa y me dispuse a escribir. Pero no fue fácil. Seguía enfadada y no se me iba el banco de la cabeza.

Una pregunta me desatascó: ¿Para qué?

La ira sirvió para desencadenar una acción positiva. Pero, resuelto el problema, dejó de ser útil. Así que decidí no alimentarla y dirigir mi atención hacia pensamientos y acciones más edificantes.

Esto lo puede hacer quien quiera en cualquier momento: Parar en seco y ser consciente de lo que está pensando o haciendo: ¿Para qué lo hago? ¿Cuál es mi propósito?

Muchas veces reaccionamos por hábito; porque siempre lo hemos hecho de esa manera o porque vemos que otros lo hacen. Nos dejamos llevar, sin plantearnos que pueda haber otras opciones, que estén más alineadas con nuestros valores y con aquello que queremos conseguir.

Cuando nos preguntamos “para qué”, profundizamos en las razones por las que hacemos lo que hacemos y eso nos ayuda a seleccionar qué es lo que más nos conviene, ¿no te parece?