Menos preocupaciones, gracias a la práctica

Sería absurdo meter todas las preocupaciones en el mismo costal. En éste hay asuntos importantes en los que la preocupación inicial es la llamada de atención para ocuparnos de ellos.

La preocupación, en sí misma, ni resuelve un problema ni nos protege contra lo que tememos. Pero, como germen de la acción, tiene su lado útil.

Como me preocupa que me despidan del trabajo, por ejemplo, voy a reservar un espacio para pensar en ello detenidamente, apuntar soluciones y ejecutar aquello que decida ejecutar. Y, así, con cualquier otro asunto trascendente.

Sin embargo, se da la circunstancia de que en ese costal de preocupaciones se reúnen a menudo otras, que son menos importantes o incluso insulsas.

asustados

  • Preocupaciones sobre problemas de otros (de los cuales se están ocupando ellos mismos).
  • Preocupaciones por hechos que probablemente nunca ocurran.
  • Preocupaciones sobre lo que no tenemos ninguna posibilidad de actuar: Los científicos predicen una glaciación para los próximos años. ¡Ay, no!
  • Preocupaciones por asuntos de poca monta: Me ha mirado mal, ¿será que se ha enfadado conmigo?

Total, que una buena parte de nuestras preocupaciones está de más.

Gastamos tiempo y energía. Nos estresamos, nos asustamos o nos malhumoramos sin que todo eso tenga un desenlace productivo, como pudiera tenerlo al inquietarnos por cuestiones importantes donde sí contamos con margen de acción.

Cierto es que hay personas más propensas a preocuparse que otras, bien porque lo hayan aprendido o bien porque su tendencia a ansiedad sea de origen genético.

Pero incluso en el segundo caso, en el que hasta los propios genes están en contra, podemos practicar respuestas distintas. Podemos parar en seco cualquier preocupación vana, elegir no darle vueltas y ponernos a silbar una melodía, por ejemplo.

Cuando, cada vez que te pillas a ti mismo preocupándote por tonterías, realizas un ejercicio así consistentemente, cada vez te resultará más fácil salirte del embrollo mental.

En el ejercicio físico se ve muy claro: ejercitas un músculo y se hace más fuerte. ¿Por qué va a ser distinto si hablamos de “fortaleza mental” ante las preocupaciones innecesarias?

Poniéndonos en lo peor, imaginemos que aunque practiques no llegas a lograr una gran soltura y que hay preocupaciones que te asedian sin que puedas evitarlo.

Vale. Pero, gracias a la práctica te has ahorrado la ansiedad de otras tantas preocupaciones menores. Eso que has ganado en bienestar. Y más que puedes ganar si sigues practicando.