El precio de la ultra-productividad

– ¡Vamos! ¡Dese prisa, que no tengo todo el día!

He ahí una persona admirada por quienes son testigos de lo trabajadora y eficiente que es. En un día cualquiera, se las ingenia para terminar lo que le echen.

Él (o ella) también está orgulloso por la cantidad de tareas que es capaz de realizar en un corto espacio de tiempo. Se ha acostumbrado a ese ritmo y se siente bien cumpliendo con cada una de las exigencias de su día a día. Son muchas, pero puede con todas.

Lo que puede que no esté viendo es el deterioro que esa hiperactividad está causando en otros aspectos de su vida. Su hábito de apurar cada minuto haciendo cosas “útiles” tiene un precio.

tiempo de vida

  • Lo paga con errores y despistes, que resultan de ir tan deprisa.
  • Lo paga con tensión, a pesar de que le guste el reto de exprimir cada hora del día.
  • Lo paga cuando esa tensión la perciben quienes se le acercan y, en ocasiones, sienten que están molestando.
  • Lo paga cuando no pasa tiempo con los suyos. Y, cuando al compartir un rato con ellos, se dispersa pensando en lo siguiente que tiene que hacer.
  • Y lo paga con momentos cotidianos que pudo disfrutar si les hubiera prestado un poco de atención.

Hay etapas o acontecimientos en la vida que requieren más actividad, más esfuerzo, más diligencia. Cuando salimos de esos episodios, retomamos nuestro ritmo habitual.

Procuramos cierto equilibrio. Atendemos nuestras responsabilidades y los asuntos que son importantes para cada uno de nosotros, sin que ello suponga olvidarnos de saborear instantes de un día que es irrepetible.

Por vivir con prisa, como si cada día fuera una emergencia, pagamos un precio muy alto; dejamos de sumergirnos en momentos de serenidad, de alegría, de conexión con otros.

¿No te parece un poco caro?