Alimenta tu motivación para esforzarte con gusto

Te esfuerzas para conseguir metas o para sacar adelante tareas pesadas. Y también te esfuerzas en el mero hecho de sustentar la vida (que diría Ayn Rand).

Pues, sí. La misma vida exige un esfuerzo continuo. No se mantiene por sí misma. Eso te concierne a ti: buscando alimento, abrigo o cuidándote cuando te enfermas, entre otras muchas acciones.

Lo más valioso para nosotros reclama esfuerzo, empezando por la misma vida. Y ese esfuerzo se hace con más gusto cuando hay motivación.

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Hasta ahora, hemos aprendido que la motivación no es constante. Unas veces está alta y, en los peores días, pegando al suelo.

Pero también hemos aprendido que nosotros mismos podemos influir en ella para hacerla despegar. Qué paradójico, ¿no? También se necesita esfuerzo para alimentar la motivación que haga llevadero el esfuerzo.

A estas alturas, conocemos un montón de técnicas, para emplearlas cuando nos convenga. Repasemos unas cuantas, muy útiles, para tenerlas frescas en nuestro repertorio.

Motivación, abre la boquita, que aquí llega el alimento

Agárrate a tus “porqués”. Define qué es lo que más te importa y date razones potentes para luchar por ello.

Usa tus fortalezas. Conoce tus cualidades positivas, dales uso y poténcialas. Esto te dará un plus de confianza. Y, a más confianza, más motivación.

Haz cosas que disfrutes. Una vida rebosante de obligaciones y/o monotonía drena la motivación del más pintado. Ten amigos. Ten hobbies. Ten pasiones… Ten lo que sea que te guste y añada variedad, y esa pizquita de alegría, que es tan necesaria.

Busca tus fuentes de inspiración. Rodéate de influencias positivas. Cada cual tiene las suyas: personas, lugares, libros, música, situaciones, etc.

Prioriza la motivación positiva a la negativa, para hacerte la vida agradable. Es preferible motivarte por lo que SÍ quieres conseguir, que motivarte para evitar lo que NO deseas. Aunque, en determinados casos, la segunda funciona bien. Hay que reconocerlo.

Prioriza la motivación intrínseca a la extrínseca, porque tienes más campo de acción en lo que depende de ti.

La motivación extrínseca (por ejemplo, el dinerillo de fin de mes o la aprobación del entorno) viene de perlas. Pero la motivación intrínseca suele ser más fuerte (por ejemplo, encontrarle sentido a lo que haces).

¡Empieza! Si no puedes motivarte ni a la de tres, comienza a hacer lo tuyo. Así, a la brava, sin ganas. Confía en la inercia. La motivación no llega siempre al principio. A menudo lo hace cuando ya estás en marcha.

¿Y si no llega? Si no llega, algo habrás avanzado mientras tanto. Puede que incluso lo acabes. Curiosamente, eso mismo (terminar cosas) es otro buen alimento para la motivación.

¡Uy! Si será por técnicas para reanimar la motivación… Además, está tu creatividad para moldearlas, alternarlas o sacarte ideas de la manga que funcionen en tu caso.

Lo cierto es que, te guste o no, necesitas esforzarte para continuar vivo. Aunque la misión sea tan simple como ir a prepararte un bocadillo justo cuando no quieres levantarte del sillón.

Asúmelo. Te esperan numerosos momentos de esfuerzo.

Pero, mira por dónde, ya conoces muchos truquillos para que los esfuerzos (grandes o pequeños) se tornen llevaderos. Ya sabes de motivación. Sabes de hábitos. Y, si te falta un barniz, échale un ojo al blog para empezar a practicar. 😉

¡Venga! Echémosle ganas a la vida.