Una medicina que sabe mal, ¿te la tomas?

Vaya. Así que la medicina es ésta. Tengo que diluir estos sobrecitos en agua y tomármelos… Tendrán buen sabor, ¿no?

¿Cómo que “buen sabor”? ¿Si supieran amargos no te los tomarías? ¿Preferirías seguir enfermo por más tiempo a tomarte de un trago una medicina con mal sabor y curarte antes?

Es que no quieeeeero. No me guuuuusta. No me apeteceeee.

Eso dicen los chiquillos. Y nosotros, los mayores, también. Pero no siempre, por la cuenta que nos trae.

malestar

Los adultos tenemos más tolerancia a lo incómodo y a lo difícil. Porque, si no es así, a ver cómo nos las arreglamos para construir la vida que queremos.

  • Nos tomamos una medicina que sabe a rayos, a pesar de que nos hubiera gustado más que supiera a gloria.
  • Madrugamos para cumplir con nuestras responsabilidades, incluso cuando nos apetece quedarnos en la cama.
  • Elegimos hacer ejercicio, cuando no tenemos ganas.
  • Cocinamos algo saludable, cuando podemos acudir a la comida chatarra y salir del paso antes.
  • Mantenemos una conversación difícil, cuando lo más sencillo es esquivarla.
  • Ahorramos un par de monedas, cuando nos tienta la posibilidad de gastarlas en el tenderete de la esquina.

Bastantes veces hacemos cosas cuando no tenemos ganas. Ni nos gustan ni nos apetecen en ese momento. Y no es porque nos encante sufrir.

Bienvenidas sean las medicinas con sabor agradable. Bienvenidas la motivación, la energía y todo aquello que nos facilite el trabajo.

Pero la realidad hay que aceptarla como es. En el camino no hay únicamente cuestas abajo. También hay trayectos empinados, que hemos de recorrer en pos de llegar a donde nos hemos propuesto.

Vale. Es cierto que bastantes adultos se quedaron en los tiempos de la pataleta. Si la medicina sabe mal, no se la toman.

– Pero, hombre. ¿No te das cuenta de que es un trago y de que después vas a sentirte mejor?

– Sí, pero no me gusta.

A ver a qué hora descubrirán estos niños crecidos que cuidar de uno mismo no es elegir siempre el camino fácil.

Que no siempre nos tiene que encantar la acción que realizamos. Que no vamos a estar motivados a perpetuidad, incluso en las actividades que más nos gustan. Y que la emoción del momento no tiene porqué decidir, necesariamente, qué vamos a hacer a continuación.

A veces nos encontramos con medicinas que saben mal. ¿Y qué? Se toman (glup…) de un trago… Y pa’ lante. Después vendrá lo dulce.