No voy a poder con esto

Por el horizonte ves venir un panorama que te hace zozobrar. Las emociones intensas te impulsan a decir: “No voy a poder con esto.”

¿Sabes? La mayoría de las personas nos hemos visto en una situación así. Y, seguramente, tampoco será ésta la primera vez que tú sales airoso de una prueba difícil.

Diferimos en nuestra forma de ser o de entender la vida. Difieren nuestras historias y nuestras rutinas cotidianas. Pero coincidimos en cosas importantes. Entre ellas, ésta: la de pasar por pruebas que pensamos que nos sobrepasan.

Tú, yo y el vecino de enfrente hemos vivido días de incertidumbre y de estrés en alguna ocasión. Estamos vivos. Y no es que la vida sea una carrera compuesta únicamente de obstáculos, golpes o empujones. Lo que sí hay son tramos más complicados que otros.

parar

“Complicados” no equivale necesariamente a “desagradables”. Puede desbordarnos una experiencia dolorosa, como una pérdida con la que no contábamos. O puede desbordarnos, por ejemplo, un cambio positivo que nos parece que pide más de lo que tenemos en las manos para afrontarlo.

Como sea, en menuda nos hemos metido. Las piernas nos tiemblan y de ahí sale el: No voy a poder.

¿Es eso cierto?

Puede que sí. Aunque, antes de darlo por cierto, hemos de esperar a que se asienten las emociones para poder pensar con claridad.

Lo más probable es que las emociones nos estén empujando a exagerar. Para darnos cuenta de que esto es así, basta con dar un paseo por el pasado.

Hasta llegar aquí, hemos hecho un recorrido por experiencias variadas. Algunas de ellas nos pusieron a prueba (como la que tenemos ahora en frente). ¿A que tú también recuerdas experiencias de este tipo?

Te pareció que el miedo te iba a parar y no te paró. Te pareció que te faltaría paciencia, pero aguantaste. Te pareció que las fuerzas te abandonarían y, a la hora de la verdad, las sacaste de no se sabe dónde.

Recuérdalo. A la hora de la hora, es cuando uno saca lo que le parece que no tiene. Echa un vistazo a tu historia y, más o menos exigentes, encontrarás situaciones en las que te sorprendiste de ti mismo favorablemente.

En tu pasado hay ejemplos de cómo superaste dificultades que pensabas que te venían grandes. Y no sólo sobreviviste, sino que aprendiste de las mismas. Ahora es el momento de usar ese aprendizaje.

Que no… Que no voy a poder.

De acuerdo. Pongamos que, con las emociones en “Pause”, llegas a la conclusión de que, aunque has pasado por pruebas difíciles, ésta te desborda. Estás seguro, muy seguro de eso.

Ha llegado el momento de recordar la segunda cosa importante: No estás solo.

Te parece que lo estás, pero no lo estás. Hay otras personas que han pasado por experiencias muy parecidas a las tuyas. Su historia podría orientarte.

Y hay personas que podrían ayudarte directamente, si tú pidieras esa ayuda, aunque algunas sólo estén en condiciones de escucharte o de acompañarte.

Pedir ayuda no es un acto de debilidad, sino de responsabilidad; la responsabilidad que tienes de sacarte a ti mismo adelante.

Habrá gente que te dé la espalda. No tendrá tiempo o ganas de ayudarte. Pero, si buscas más, encontrarás a alguien que sí te ayude con mucho gusto.

A los seres humanos, en general, nos gusta ayudar a los demás. Nos sentimos bien haciéndolo, porque ese gesto es una oportunidad para darnos cuenta de que tenemos algo valioso que ofrecer a otro.

Guíate una vez más por tu experiencia. Recuerda a esas personas a quienes acudiste y te dieron la mano. Recuerda que tú también lo has hecho en ocasiones sin que te pesara. Al contrario, te gustó tener esa oportunidad y, si acaso, te hubiera gustado ayudar más de lo que lo hiciste.

Quedémonos con los dos recordatorios, si te parece:

  1. Tú ya has pasado por pruebas exigentes. Utiliza lo aprendido en esas experiencias.
  2. No estás solo. Siempre hay alguien.