Pequeñas molestias que suman tensión

Paso a paso recorres una buena distancia. Palabra a palabra terminas de leer un libro. Moneda a moneda ahorras la cantidad que te interesa.

Hablamos bastante de las sumas “positivas” y hoy hablaremos de las otras, que también suman. Particularmente, de los pequeños fastidios cotidianos.

Todos los días suceden incidentes que se separan de nuestras expectativas. Aunque no sé si es correcto llamarlas “expectativas”, porque en realidad no es que “esperemos” que las cosas sucedan de manera fluida, sino que lo damos por hecho.

Un café cargado… de incidentes

Cuando preparas el café de la mañana, no te planteas nada. Simplemente, lo preparas como de costumbre. Buena parte de los días no hay grandes fricciones y tienes listo tu café en 10 minutos, sin esforzarte demasiado.

haciendo café

Otros días, sí hay fricciones: la puerta del armario de la cocina se descuelga cuando la abres. ¿El café? ¿Dónde está el café, si lo puse aquí ayer? Quién sabe…

Abres un nuevo paquete, que del “abrefácil” que pone la etiqueta sólo tiene el nombre. Derramas un poco cuando intentas cargar la cafetera. Y, ya que está el café, se te derrama la leche cuando se la añades.

Podríamos enumerar más incidentes relacionados con el café o con lo que hagas después del café. Pero, para resumir el asunto, nos quedaremos con la conocida frase de Murphy: Si algo puede fallar, fallará.

Sí, fallará

Damos por hecha la fluidez en la enorme cantidad de pequeñas acciones que hacemos a diario. Pero, en algún momento, algo se estropea, se atasca, se derrama… Falla.

¿Qué hacemos cuando eso ocurre? Oponernos. Procuramos exorcizar el malestar con alguna expresión: ¡Cáspita! ¡Porras! U otras más castizas.

Pero enseguida lo recuperamos al encontrarnos con una nueva fricción: ¡Noooo…! Mira esta mancha en la camiseta que acabo de comprar.

Acumulamos tensión y más tensión oponiéndonos a esos incidentes, que llegan uno tras otro. Porque, cuando no se atasca o se mancha una cosa, se pierde o se estropea otra.

El malestar crece cada vez que comparamos la realidad con nuestro deseo de fluidez. Crece cuando creemos que las cosas no deberían ser así… Pero así son, como ves que ocurre continuamente.

desastre en la cocina

Simplemente, la realidad es la que es. Y hemos de aceptarla, aunque no nos gusten las manchas, ni los errores, ni las demás fricciones.

¿Cómo le das vida a este mensaje equilibrado a las 8 de la mañana, cuando se te acaba de derramar la leche en la cocina y aún no tienes la mente preparada para filosofar?

Déjalo atrás cuanto antes

Yo creo que acumulamos estrés porque reaccionamos al incidente cuando se sale de lo “normal” (que es lo deseable): No te gusta que la leche se derrame, ¡leche!

Pero es que lo “normal” no es lo deseable. Es lo que ocurre, sin más. Y no va a coincidir siempre con lo que a ti te gusta. Dalo por hecho.

¿Solución? No paladees el malestar. No compares. No te opongas. Agarra la bayeta, limpia el estropicio y no pienses en él. Porque después vendrán más incidentes. (Ojalá que no demasiados.)

Tal vez, te des un codazo al salir deprisa de casa; descubras que el perro del vecino te ha dejado un regalito en el portal; se te caigan las llaves en una alcantarilla… O a saber.

Si vas a acumular malestar por cada cosita que se separa de lo deseable, juntarás cantidades industriales de estrés y mal humor.

Por tanto, cada vez que puedas ahorrarte un disgusto por estos incidentes cotidianos, hazlo. Préstales menos atención y sal de ellos cuanto antes. Pruébalo, a ver qué tal te va.

A mí me funciona. 😉