Lo bueno de comprar con las emociones templadas

Es temporada de rebajas en los comercios. Tú quieres aprovecharte de algunas ofertas. ¿Por qué? ¿Para qué?

Te alegrarás de hacerte estas preguntas, sin que ello suponga restarle alegría al momento de comprar eso que quieres o necesitas.

No es un secreto. Muchas de nuestras compras están ligadas a las emociones. Por ejemplo:

  • Llevo varios meses trabajando como una descosida y sin darme ningún capricho. ¡Me lo merezco!
  • ¡Guau! ¡Qué traje más chulo! Verás qué cara pone Fulanita cuando me vea con él.
  • El precio está rebajado… ¿un 70 %? ¡Qué gran oportunidad!

compra

Está bien. No nos vamos a pelear con las emociones. Yo soy la primera que se deja tentar por las ofertas. Aunque, con el tiempo, he ido practicando lo de pensar un poquito antes de hacer la compra.

Compra sin prisa

No te apresures. Si lo que quieres comprar te hace tanta ilusión, apenas si notarás la diferencia comprándolo un día o dos más tarde.

Más se arrepiente uno cuando compra movido por el impulso y, un mes después de la compra, se encuentra con “aquello” metido en casa sin que haya mejorado su vida. Al contrario, ahora tiene algo más que mantener.

O cuando gasta un dinero que, pasada la euforia, piensa que hubiera sido mejor destinarlo a otros menesteres.

Dale una pensadita al asunto

Algunos hemos adquirido este hábito a la fuerza. Nuestro presupuesto se ha reducido tanto, que hemos de ser muy selectivos con lo que compramos.

La gracia es que, lo que al principio parecía una triste limitación, resultó ser beneficioso:

  • Ya no compramos cosas que no nos hacen falta, por rebajadísimas que estén.
  • No competimos en gasto con las Fulanitas (o Fulanitos) del mundo pudiéndole dar a nuestro dinero un uso más gratificante.
  • Pensamos muy bien en qué caprichillos nos regalaremos por trabajar tan duro y, como muchos no requieren abrir la cartera, podemos disfrutarlos en cualquier momento. No sólo haciendo compras.

Y nada de eso le quita el sabor agradable a la compra, al contrario. La diferencia sólo es una: que hemos comprado con las emociones aplacadas; pensando un poquito.

Después de todo, una vez que compramos las emociones suelen enfriarse. Y, entonces, pensamos. ¿Por qué no hacerlo al revés? Es más sano para el bolsillo, ¿no?