¿Qué bien haces cuando te pasas de modesto?

Aunque no lo parezca, hablamos de desprecio. ¿Te parece sano despreciar a otros o a uno mismo para que alguien se sienta bien?

La modestia excesiva y la vanidad son extremos que se tocan. Con la vanidad el menosprecio puede ser muy visible.

(Tú) – Enhorabuena por tu trabajo. Me encanta.

(Yo) – Ya sabes para la próxima. En lugar de pensar en otros primero, llámame a mí, que soy la mejor.

Me quedo más ancha que larga dándome importancia y desmereciendo el trabajo de los demás. La baja autoestima me sale por los poros. Porque, ¿a quién engaño suponiendo que otros no son capaces de hacer un trabajo de la misma o de mayor calidad?

pulgar abajo

Desplacémonos hacia el otro extremo, el de la modestia exagerada.

(Tú) – Enhorabuena por tu trabajo. Me encanta.

(Yo) – No es para tanto. Ha salido bien gracias a que tú me diste una buena orientación.

Aquí también hay desprecio, además, por partida doble: Desprecio tu opinión positiva. Y desprecio mi buen hacer, en lugar de alegrarme del buen trabajo que he hecho.

La modestia como estrategia

¿Qué tiene de bueno dejar de celebrar un buen trabajo? ¿Qué tiene de bueno rechazar las opiniones positivas?

Afinando mucho, podemos ver en la modestia excesiva una estrategia controladora. Quitándole importancia a lo mío, es probable que despierte menos envidias o incomodidades. Y, de paso, que pueda seguir avanzando sin ser el objetivo de posibles malas mañas.

Pero es una estrategia un poco tonta. Primero, porque yo no puedo controlar lo que otros piensan o sienten. Por mucho que influya, no mando ahí.

Segundo, porque, si sigo haciendo las cosas bien, tarde o temprano llamaré la atención y despertaré malestares, aunque no me guste la idea. Necesito una estrategia mejor.

¡Ah! Y no nos olvidemos de la modestia como recurso para que me regalen el oído y me den más coba, después de decir: “No, si no es para tanto…” Vaya modestia… Más falsa que una moneda de corcho.

Recibiendo lo que llegue, como llegue

Tanto tú como yo vamos a recibir opiniones de los demás continuamente, favorables y desfavorables. Esas opiniones pueden ser acertadas o puede que no. Les podemos dar poco, mucho, ningún crédito y utilizarlas según creamos oportuno.

Ya sabemos cómo manejarnos con las opiniones negativas:

(Tú) – ¿En qué estabas pensando cuando hiciste esto? Qué horror.

(Yo) – ¡Oh! ¿No te gusta? ¿Qué mejorarías tú?

Si aprovechamos las opiniones poco favorables, qué menos que hacer lo mismo con las agradables.

Qué ojos más bonitos… Qué gran trabajo… Cómo me gusta eso que tú tienes y eso que tú haces.

GRACIAS

Esa palabra se la merece quien pudo ahorrarse el gesto, pero decidió ser amable, reconociendo que algo nuestro o de lo que hicimos le gustó.

Después nos podemos creer (o no) esa opinión. Podría ser un cumplido de trámite o llevar segundas intenciones.

Pero también recibiremos unas cuantas opiniones impregnadas de cariño y de honestidad. Sería una lástima dejarlas pasar sin agradecerlas y sin alegrarnos por el gesto de la otra persona y por eso nuestro que lo motivó.

– Muchas gracias. Me alegro de que te guste.

Así, sin modestias que estorben. 😉