Cuando te preguntas: ¿Por qué dije aquella tontería?

Vamos con una situación que, quien más y quien menos, ha protagonizado en su vida social.

Es ese glorioso momento en el que caes en la cuenta de que no deberías haber dicho tal cosa o que podrías haber explicado de otro modo lo que querías decir, a fin de ser comprendido.

Partiremos aceptando una realidad: cuando hablamos (o escribimos) no podemos controlar que las demás personas interpreten nuestras palabras de un modo determinado.

Suele haber una diferencia entre lo que nosotros tenemos en mente y la imagen mental que se forma la otra persona, cuando ponemos en palabras nuestro pensamiento.

hablando

A saber qué imagen se forma cada uno. ¿No dicen que cada cabeza es un mundo? Pues eso. Incluso hablando (o escribiendo) con cuidado, la comunicación no es perfecta.

Supón que eres un orador o un escritor excepcional, de ésos que transmiten con una claridad admirable. Como cada persona sabe y piensa cosas diferentes, es improbable que todas ellas formen en sus respectivas cabezas la misma imagen al procesar tus palabras.

Y, si eso pasa cuando estás prestando atención y eliges cuidadosamente las palabras, ¿qué puede pasar cuando hablas al tún-tún?

Eso no era lo que quería decir

Cuando estamos hablando con alguien que no forma parte de nuestro círculo habitual, algunos introvertidos tenemos problemas con el silencio. Se nos hace tenso y, por llenarlo, recurrimos a las palabras. Las que sean que surjan en ese momento.

¡Ah! Si tú supieras la cantidad de tonterías que he dicho en mi vida en situaciones así… Y en otras, en las que andaba con la cabeza en las nubes.

He dicho cosas que no describían apenas lo que pensaba. He hecho comentarios vacíos, estúpidos o crueles, sin tener la intención.

Y, claro, también he sido receptora de comentarios poco afortunados de los demás. También abundan las veces en las que me molestado o me he sentido triste por unas palabras que otro dijo en un momento tonto, sin pensarlas.

En mi caso, esas experiencias de comunicación imperfecta me mueven a resistir el impulso de llenar la incomodidad de los silencios con la primera chorrada que se me ocurra. Y, desde luego, a mejorar mi capacidad para escuchar y tratar de entender al otro, que, por supuesto, a ratos dirá cosas poco afortunadas.

En las dos cuestiones me queda mucho trabajo por hacer. Bastante.

Es utópico pretender que cada palabra que pronunciamos tenga sentido y describa perfectamente lo que pensamos. También, que los demás entiendan justo, justito lo que queremos decir. De tanto en tanto, todos diremos tonterías y describiremos lo que pensamos de manera poco hábil.

Pero si sumamos las ocasiones en las que hablamos y escuchamos con cuidado e interés, seguro que nos alegramos por ello. La comunicación y, de paso, nuestras relaciones se pueden beneficiar bastante.

Imagen de Rory Murdock