¿Y si retrasas un poco la recompensa?

Estás trabajando y, de repente, te pica la tentación de curiosear en Internet. ¿Sucumbes a ella o la dejas para más tarde?

¿Qué me dices del pastelito extra? ¿Y de quedarte viendo una película hasta las tantas, sabiendo que madrugas mañana?

A veces, todos caemos en esas pequeñas tentaciones. De vez en cuando utilizamos la conocida excusa: “Total, la vida son dos días.” Y no pasa nada grave porque hagamos lo que nos apetece en ese momento.

Hay caprichillos intrascendentes. Pero no nos interesa ceder a ellos cada vez que surge la ocasión, sino lo contrario: demorarlos.

¿Por qué? ¿Qué tiene de bueno privarte de lo que te apetece en ese momento?

tiempo en tus manos

Romper con la costumbre

El beneficio principal de retrasar el capricho es que aprendes a decidir sobre tu propio comportamiento, en lugar de dejar que el entorno mueva tus hilos.

Las tentaciones pequeñitas (el bombón o el escaqueo) nos dan la oportunidad de ir rompiendo con el hábito de querer las cosas… ¡ya!

Porque, sí, es un asunto de hábitos. Si yo estoy acostumbrada a actuar impulsivamente y a picar en cuanta tentación se cruce, no voy a picar sólo la vez del bombón. Picaré más veces. Y puede que alguna de esas decisiones sí tenga consecuencias serias.

Mañana mismo puedes verme llegar con un cochazo deportivo. Yo te diré que no pude resistirme, que me siento genial y que fue una gran oportunidad.

Hubiera sido una magnífica decisión si, antes de comprar el deportivo, hubiera considerado otras opciones y, en definitiva, le hubiera dedicado un rato a pensar en los pros y los contras.

Pero, si no estoy mínimamente familiarizada con frenar el impulso y aguantar un poco, me agarraré al: “la vida son dos días” para justificar mi decisión y a otros argumentos que hilvane después buscando la coherencia.

Y no es DESPUÉS. Nos conviene pensar ANTES. Frenar, relajarnos, reflexionar y, por último, actuar.

Tanto sufrimiento, ¿para qué?

Quienes no lo practican, creen que aguantarte las ganas de hacer lo que más te apetece en ese momento es doloroso.

Lo parece en el primer instante. Pero, conforme van pasando los minutos y te ves a ti mismo controlando tu comportamiento, ya no sufres tanto, al contrario.

Te sientes bien, por ser más fuerte que la tentación. Seguramente, la hiciste a un lado porque consideraste que interfería con algo más importante.

En ese momento estás construyendo confianza en ti mismo. Y, visto así, ésta parece una mejor recompensa que la de ser un títere en manos de las tentaciones.

Además, la alegría es doble. Porque, a partir de ahí, decides cuándo te interesa darte el capricho y de qué manera lo harás. Saborearás y disfrutarás tu caprichillo. Pero lo harás en el momento que tú elijas.