Ideas para contagiarte menos del estrés ajeno

¿El estrés se contagia? ¡Claro! Aunque hay personas propensas a contagiarse antes que otras. ¿Cuál es tu caso?

Demos un paseo por situaciones potencialmente estresantes, a ver qué tan receptivo eres al estrés ajeno.

  • Vas a una entrevista de trabajo. En la sala de espera, el candidato que se sienta a tu lado resopla y mueve la pierna incontrolablemente.
  • Estás en una reunión. La persona sentada frente a ti (presumiblemente ansiosa por salir) golpea repetidamente la mesa con su bolígrafo.
  • Conversas con alguien que tiene tantas ganas de que acabes ya con lo que le quieres contar, que termina tus frases por ti.
  • Sales a la terraza. Escuchas que el vecino discute por teléfono acaloradamente y comienza a soltar insultos subiendo el tono de voz.
  • Entras en casa. Un miembro de tu familia golpea la pared con rabia y se despide con un brusco portazo.

Esas situaciones podrían ser estresantes. Y digo “podrían”, porque lo mismo que ocurre con el estrés que sufres en primera persona, lo que estresa no es la situación en sí, sino la interpretación que cada uno hace de la misma.

¿Un ejemplo? Entras en escena. Nos encuentras a una amiga y a mí conversando. En un momento dado, ella alza la voz y me manda al cuerno.

Tú podrías interpretar que nos estamos peleando (la situación es tensa). Pero otro que pase por allí puede pensar que estamos de broma. Y es que cada cual lee la situación de un modo distinto.

Para complicar más el asunto, no sólo nos diferenciamos en la lectura de la situación. También elegimos respuestas distintas.

Estamos tú y yo esperando en la cola del cine. El de atrás nos grita: “Venga, que os toca ya, ¡leche!” Yo me molesto con ese arranque de impaciencia y tú pasas un kilo del mete-bullas.

protección

Sirva este prolegómeno, además de para ver que somos diferentes a la hora de contagiarnos del estrés ajeno, para pensar en situaciones en las que nos dejamos arrastrar por las emociones de otro. No siempre vale la pena ser tan receptivo.

El estrés consume energías. Cuando se acumula la tensión, te irritas más fácilmente, te cuesta más concentrarte, te fuerzas a huir con tus pensamientos a cualquier parte… Y eso desgasta.

Ideas para frenar el contagio de estrés

Antes de seguir, conste que nos referimos al estrés “malo”, al que tú consideres innecesario. Porque, si llega alguien muy importante para ti, con el estrés por las nubes porque va a casarse (¡al fin!) con la persona que ama, quizás decidas compartir ese maravilloso estrés con él/ella.

¿Soluciones? ¿Remedios para evitar contagiarte? Ahí van estas ideas.

1. Sé consciente de tus emanaciones de estrés.

Todos contaminamos el ambiente con nuestro estrés de vez en cuando. Tú, también. Cuando te des cuenta de que te estás alterando y puedas frenar, hazlo. Intenta leer la situación de otra manera, para que la tensión no siga escalando.

Así disminuyes la intensidad del estrés que puedes contagiar a quienes se crucen contigo y, con ello, el más que posible “efecto boomerang”.

2. Comparte menos tiempo con personas altamente contaminantes.

Sí, ésas mismitas en quienes estás pensando. Hay personas que se estresan muy fácilmente y/o no saben cómo encauzar su estrés. Y nos lo vomitan encima, sin contarse un pelo.

El quejica crónico, el iracundo que te habla como si fueras el culpable de todos sus males, el tirano, el controlador… No tienes porqué tolerar sus abusos.

3. Vacúnate a diario.

Hazlo con las vacunas que a ti te funcionen para mantenerte fuerte ante el estrés. Por ejemplo:

  • El paseo de las tardes.
  • Meditar.
  • Echar una siestecita después de comer.
  • Dedicar un ratito a algo que disfrutes (como un hobby).
  • Hacer descansos (breves y largos, para reponer energías).

4. Échale sentido del humor.

Mención aparte para un recurso maravilloso: el humor. Añádelo a tus días. Por aquí escribimos algunas formas de hacerlo: Ideas para ser receptivo al buen humor y combatir el estrés.

5. Provéete de recursos de emergencia.

Como un botiquín de primeros auxilios anti-estrés, digamos. Cuando la situación te pille a contrapié, ten a mano remedios que a ti te funcionen para frenar el malestar. ¿Por ejemplo? Tu creatividad manda…

  • Quitar tu atención de la fuente de estrés y centrarla en tu respiración.
  • Escabullirte al baño.
  • Crear tu propio mantra o una frase que sirva de escudo: “La empanada mental que tiene esta criatura no guarda relación conmigo.”
  • Imaginar que lo que está ocurriendo ante ti es un DVD, que puedes detener, expulsar y catapultar a otra galaxia.
  • (Lo que te sirva a ti.)

6. Hazte resistente ante las pequeñas incidencias de la vida cotidiana.

Continuamente pasamos por pequeñas molestias que nos cortan la fluidez. Aprende a manejarte ante ellas. Procura que no te alteren. Y, tranquilo, porque oportunidades para practicarlo vas a tener de sobra.

7. Subraya lo positivo.

Hoy mismo, pasarás por momentos agradables y por otros no tan agradables.

Procura que los “malos” no te arrebaten la alegría de lo que sí anda bien. Empezando por esas cosas que forman parte de tu vida y que te invitan a sonreír cuando las miras.

Hasta aquí, la batería de ideas. Puestos a contagiarnos emociones, no nos contagiemos sólo el estrés y las malas pulgas. Intentemos contagiarnos el buen humor, ¿no?