Un premio que nada te puede arrebatar

¿Te ocurren cosas buenas sin necesidad de dejarte la piel en el esfuerzo? Sin duda.

Hoy mismo, puedes caminar hasta tu lugar preferido y contemplar desde allí el espectáculo del amanecer o del atardecer… o cualquier otra maravilla de ésas a las que estás acostumbrado.

Lo apreciarías. Te maravillaría la belleza, si te dejas tocar por ella. Eso, sin hacer grandes esfuerzos.

Pero, ¿y si fuera más difícil? ¿Y si te costara moverte? ¿Cómo vivirías ese mismo atardecer si te hubiera supuesto un gran esfuerzo llegar hasta ahí?

atardecer en la playa

Hay personas que necesitan esforzarse para realizar acciones aparentemente sencillas, como salir a la calle, caminar o disfrutar de un paisaje.

También tú necesitas esforzarte para hacer cosas que otras personas ejecutan sin dificultad. Tal vez, resolver una ecuación, traducir un texto, aprenderte un baile… o qué sé yo.

Los habilidosos en la cuestión se alegran de haber hecho un buen trabajo (o quizás no le den importancia). ¿Y tu alegría? ¿Cómo es tu alegría cuando sacas adelante aquello que ha sido difícil para ti?

Siéntela. Recuérdala. A buen seguro, has vivido experiencias de este tipo. Así como has vivido experiencias en las que tu esfuerzo (supuestamente) no tuvo recompensa alguna.

Casi siempre la hay, amigo. Suele haber premio para el esfuerzo, incluso si no consigues aquello hacia lo que está orientado.

El premio NO está sólo en el resultado. También está en el progreso y en tu actitud. Y esas ganancias nada te las puede arrebatar.

El resultado ansiado puedes lograrlo o no. Puede durar o no. Lo puedes conservar o no. Quizás lo pierdas.

Pero la fuerza, la ilusión, el valor… y todos esos recursos que fuiste juntando por el camino son una recompensa más duradera.

El atardecer dura un rato. El éxito puede esfumarse algún día. No así tu determinación, tu arrojo para avanzar aprovechando las opciones con las que cuentas y la confianza que fuiste sumando a cada pequeño paso. Porque el progreso te cambia por dentro.

Y ese premio se queda contigo, probablemente, mientras vivas. Para volver a luchar por lo que no se dio o para dirigir ese potencial hacia horizontes distintos.