Quejas y más quejas. ¿No estás harto de ellas?

Hasta hace pocos años, yo no era consciente de cómo las quejas emborronan la felicidad. Y, menos todavía, de la cantidad de quejas que soltaba a diario (o que me guardaba dentro).

Comencé a fijarme en ello. Me descubrí como una persona bastante “quejica”, rodeada de personas que también se quejaban bastante.

Si no te lo has planteado hasta ahora, quizás te preguntes: ¿qué tiene de malo quejarse? Las quejas nos ayudan a desahogarnos, nos conectan entre quienes nos quejamos de lo mismo y pueden ponernos en vías de encontrar soluciones.

El mismo título y el contenido de esta entrada es una queja. Quizás estés leyendo esto porque concuerdas con la idea.

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Visto así, las quejas son positivas. Son positivas cuando, tras el desahogo, te movilizas para resolver lo que causa el problema o lo dejas atrás, si no tiene arreglo.

Por otra parte, las quejas son una reacción muy humana cuando las cosas no se dan como esperamos, cuando se salen de lo habitual o cuando estamos más pendientes de lo que falta.

Pero, cuando las hacemos reiterativas y frecuentes, el lado positivo de las quejas se desvanece:

  • Perdemos un tiempo valioso con ellas.
  • Nos molestamos y re-molestamos ahondando en el malestar (y difundiéndolo).
  • Dejamos de pensar en soluciones, cuando queremos llamar la atención y la queja cumple con el objetivo por sí sola.
  • Dejamos de ver lo bueno, aunque sea más abundante, porque hay manchitas (quejas) que lo hacen imperfecto.

¿Sólo se puede disfrutar lo que es perfecto?

  • Quien busque motivos para vivir insatisfecho, los va a encontrar.
  • Quien busque diferencias entre cómo le gustaría que pasaran las cosas y cómo pasan en realidad, hallará bastantes.
  • Quien quiera ver errores o defectos en cualquiera de nosotros, se pondrá las botas (sobre todo, si me mira a mí).

Lo hará sin esfuerzo, porque la gota que cae fuera del vaso resalta y molesta más que todas las que caen dentro.

Otra cosa es que valga la pena insistir en lo que no está “como debería”, quitándole importancia a todo aquello que sí está bien.

Si no es para mejorar o buscar soluciones, en serio, ¿vale la pena quedarse con lo que está mal? ¿No es preferible quedarse con lo bueno, aunque haya que hacer el esfuerzo consciente de fijarse en ello?

Sales con los amigos una noche, por ejemplo. Te diviertes, hasta que uno de ellos hace un comentario que te molesta. Y, qué fatalidad, de la experiencia al completo, de los buenos momentos que compartiste, te quedas con la espinita del comentario molesto.

No hablo de ti en particular. A mí se me da muy bien buscar manchas que emborronen o arruinen lo agradable de una experiencia. Pero trabajo a diario para que se me dé mejor lo contrario, que es más difícil para mí: poner el acento en lo bueno y disfrutarlo.

¿Lo malo? Si tiene arreglo, bien. Si no, que se quede atrás. Porque la vida es muy corta y, de cada experiencia, cada uno de nosotros elige con qué quedarse.

Imagen de Wiertz Sébastien