Pequeñas complicaciones de la vida diaria que afectan a tu salud

Ya que estás a punto de salir de casa, las llaves desaparecen. Qué contrariedad. Mientras las buscas, te percatas del cante que da una mancha en tu abrigo. ¡Ay, no! Tienes que cambiarte.

Sales de casa, al fin. Aún no sabes que, entre el menú hoy, te esperan unas cuantas complicaciones más; atascos, discusiones y otros incidentes, que harán que éste no sea el día tranquilo y fluido que deseas.

Hay días así. Admitamos que hay personas que tropiezan con más complicaciones que otras en su vida cotidiana.

Pero, incluso las que atraviesan menos incomodidades o se encuentran en una racha apacible, saben lo que son estas molestias. Todos las “padecemos” en mayor o menor grado.

aspiradora

Los estudios nos dicen que la acumulación de engorros y molestias cotidianas afectan a la salud. No sólo nos desgastan los grandes sucesos dolorosos (como una enfermedad o una muerte en el entorno cercano). ¿Te sorprende?

El estrés, la ansiedad, el descontento van engordando con estas complicaciones cotidianas, que no dan tregua. Aunque, más que el número o la frecuencia con la que se presentan, lo que nos desgasta es el modo de afrontarlas.

Tal vez nos sea difícil amortiguar el golpe de esos grandes sucesos dolorosos por los que todos pasamos alguna vez, como la pérdida de un ser querido, por ejemplo.

Pero sí podemos aprender a afrontar de manera distinta las pequeñas complicaciones cotidianas, para evitar que se nos vaya la salud en ellas.

Las ideas que siguen van en esa dirección.

¡Oh, oh! La lavadora acaba de romperse

1. Da por hecho el incidente. ¿Pesimismo? ¡No! ¡Realismo puro! Entre todas las cosas que haces a lo largo del día, es más que probable que algo falle o que no salga como lo esperas.

Obsérvalo en un día cualquiera. Todos los días ocurren sucesos poco apetecibles. Ni tienes un mal karma ni te pasa sólo a ti.

2. Quítale drama. Otorga menos espacio a los pensamientos negativos que se deriven de las pequeñas molestias. Sal de tus fastidios cotidianos lo antes que puedas, sin regodearte en el malestar.

3. Practica la asertividad. Las interacciones cotidianas pueden ser otra fuente de tensiones. El resentimiento también se acumula y, con el tiempo, pesa demasiado.

¿Propuestas? Expresa tu opinión. Di que no cuando quieras decirlo. No esperes a que otro adivine porqué te sientes mal. Con respeto, dile lo que piensas.

4. Mantén tus costumbres anti-estrés. Tu hobby, la meditación, una siesta, un paseo… Son hábitos que te ayudan a rebajar el estrés. No son un capricho. Sigue haciendo tus actividades preferidas para relajarte.

5. Subraya lo positivo. Ya que las molestias resaltan por sí solas (precisamente por ser molestas), rescata por tu cuenta los buenos momentos del día. Esas pequeñas experiencias en las que te sientes bien (contento, relajado, productivo, querido, etc.).

Puedes dar otra cosa por hecha: nos van a sobrar oportunidades para practicar.

No consientas que la impresora, ni la lavadora, ni el millar de cosas que pueden fallar hoy, se alcen con todo el protagonismo y te roben lo mejor del día.

¡Venga! Vamos a intentarlo. 🙂

Imagen de Ricardo Alguacil