¿Recuerdas la última vez que te entusiasmaste con algo?

El entusiasmo es el rey de la motivación. ¿No te lo parece? Vence incluso sobre fuerza motivadora del miedo, que ya es decir.

A día de hoy, sabemos que la motivación que nace por temor a las posibles consecuencias negativas (la motivación del miedo) suele ser más fuerte que la motivación que sentimos cuando nos enfocamos en consecuencias positivas. Pero el entusiasmo es la excepción a la regla.

¿Qué es eso del entusiasmo?

¿A qué llamamos entusiasmo? Intentemos hacerle un retrato con nuestras experiencias.

enfocar

Recuerda aquella vez que te enamoraste o aquélla otra en la que te volcaste con arrojo en un hobby, en un deporte o en cualquier otro proyecto. ¿Cómo te sentías?

Despertó con fuerza un interés natural, muy enfocado en lo que tú querías en ese momento, ¿verdad? Era tan fuerte que…

La pereza y la procrastinación no existían como obstáculos. Más bien, las ganas de actuar eran tan grandes que, si acaso buscabas excusas, era para dedicarte al proyecto (o a la persona de tus amores).

No necesitabas vigilancia. Algunos se motivan si otras personas están pendientes de que hayan hecho o no lo suyo. En esos momentos de entusiasmo que viviste, este factor no contaba.

Las recompensas externas no eran primordiales. Quizás diste la bienvenida a las que hubiera. Aunque la principal recompensa, la mayor de todas fue interna: hacer lo que querías, porque eras feliz con ello.

A ver qué tipo de motivación puede hacerle sombra la del entusiasmo, con su enfoque, su intensidad y explosividad.

Algunos expertos, quizás por lo explosivo, desaconsejan que se alimente el entusiasmo ciego y desmedido. Pero alimentar un entusiasmo razonable podría ser una buena idea. ¿Tú que piensas?

A lo largo de la vida, esta motivación no es la más frecuente. Esas ganas intensas y enfocadas en avanzar en un proyecto, actividad, relación o lo que fuera, no se sienten todos los días.

Además de que la experiencia es agradable de por sí, puede dar muy buenos frutos. Entonces, ¿qué tal si sacamos partido de esas ganas? ¿Lo podemos hacer manteniendo los pies sobre la tierra?

Entusiásmate a lo sensato

“Entusiasmo” y “sensatez” no siempre pegan juntos en la misma frase. Pero, cuando conseguimos que armonicen, dan grandes resultados. Para mí que podemos lograr esa armonía con una pizquita de pensamiento realista.

Entusiásmate… y sé consciente de los obstáculos

Las ganas intensas de actuar pueden desembocar en un optimismo alocado, donde dejes de ver los riesgos y los posibles obstáculos que vas a afrontar.

Si no evalúas riesgos, podrías darte un trompazo de órdago. Y si no ves los obstáculos o te haces a la idea de que llegarán, el entusiasmo podría tener sus horas contadas.

Entusiásmate… y haz un plan

Un plan donde estudies la situación. Un plan donde conectes esas ganas con tus prioridades y con lo que haces cada día. Un plan flexible. Un plan con un ritmo adaptado a tus circunstancias, para no quemarte al poco tiempo de empezar.

Entusiásmate… y acepta que es cíclico

El entusiasmo no es constante; sube y baja. O se agota, en caso de que el objetivo hacia el que apuntaba deje de tener sentido para ti.

Que disminuyan las ganas arrolladoras con las que empezaste, es natural. Lo es, incluso cuando el objetivo está ligado con lo que es más importante para ti. Son etapas.

Si crees que el bajón de entusiasmo es un síntoma de que vas por mal camino, quizás no te des la oportunidad de reconectar con tus intereses y reavivarlo para que vuelva a brillar.

Por eso es bueno tener esto también en cuenta: para no abandonar precipitadamente.

Ahora, retomando la pregunta de la entrada, ¿recuerdas la última vez que te entusiasmaste? ¿Valió la pena darle alas al entusiasmo? ¿Qué aprendiste?

Seguro que, como yo, has aprendido unas cuantas cosas de esas experiencias. Tratemos de sacarles partido, cada quien en el sentido que crea conveniente, claro está.