Malas decisiones tomadas desde la emoción del momento

Pasó el tiempo y te diste cuenta: tu decisión fue terrible. Y, entonces, es cuando te haces la pregunta: ¿En qué estaría pensando en ese momento?

Tal vez no pensaste mucho. Te dejaste llevar por la emoción. Reaccionaste, en lugar de elaborar una respuesta sensata. Y eso es algo que hemos hecho y hacemos todos.

Hemos hecho compras impulsivas. Hemos aceptado compromisos e invitaciones, para vernos en escena preguntándonos: ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cómo me metí en esto?

Esas, entre otras decisiones poco afortunadas. Hemos de aceptar que no siempre somos racionales y lógicos tomando decisiones. En realidad, muchas decisiones las tomamos llevados por la emoción.

jaque mate

No todas esas decisiones son malas. Recuerda esa vez reaccionaste a una injusticia. La rabia del momento sirvió para defenderte a ti (o a otra persona) sin perder los papeles.

O recuerda cuando, embargado por el amor, le dedicaste a otra persona un buen beso, un poema o una canción.

Eso no quita que, cuando nos hallemos ante decisiones delicadas, dejemos que se calme un poquito la emoción del momento antes de tomar postura. Especialmente, cuando la emoción es intensa.

Cuando estás “muy emocionado”, las probabilidades de meter la pata aumentan, porque tu razón se halla totalmente nublada.

Emociones que precipitan decisiones de las que podrías arrepentirte

Veamos algunas.

1. Hiperexcitación: Lo consigo sí o sí

Como el jugador que apuesta todo lo que tiene en la partida, segurísimo de que va a ganar. Anda que no nos sabemos historias de descalabros que empezaron así…

Cuando estás en esa nube, difícilmente te paras a evaluar riesgos y las posibles consecuencias negativas de tu decisión. Por eso te conviene frenar y serenarte un poco. Y, después, decidir.

2. Tristeza abismal: No puedo, no puedo

Al contrario del ejemplo anterior, la tristeza no anima a moverse mucho. Y, precisamente por eso, también puedes equivocarte en tus decisiones.

Surge una buena oportunidad (un ascenso, hacer un viaje, conocer a alguien) y tú, que no ves más allá de la pena, no la aprovechas. O, en los objetivos que estás trabajando, te pones listones muy bajos.

Esa no es mala idea para comenzar a sumar progresos. Pero la tristeza empuja hacia abajo. Tus expectativas sobre ti y sobre lo que haces rayan el suelo.

Es despejándote un poco cuando te das cuenta de que sí podrías hacer tal o cual cosa, que la tristeza no te deja ver.

3. Ansiedad, nervios en escalada libre

Estás próximo a mudarte, a casarte o a cualquier otro cambio que te tiene nerviosito perdido, bien porque estés preocupado o porque estés en una nube (como en el punto 1).

A lo mejor el cambio es en lo personal. Pero, descuida, estás tan atolondrado, que las decisiones “malas” (si las tomas) no se limitarán a esta área. También puedes precipitarte o bloquearte en los negocios o en los estudios.

Te presentan una propuesta y ni la miras: Sí, sí, eso mismo. O, si pasa lo contrario, te presentan dos o tres y te quedas colgado, paralizado: ¡Porras! ¿Qué hago?

Calma, calma…

4. Ceguera iracunda: Te vas a enterar

¿Puedes tomar una decisión precipitada por el arrebato de ira del momento? Digo, a ver quién no lo ha hecho…

Si te calmas un poco, puedes aprovechar la energía extra que da la ira para defenderte o superar el obstáculo que sea.

Pero, si actúas en caliente (con el fuego ardiendo en tus pupilas), las probabilidades de hacer algo de lo que después te arrepientas son muy altas.

Perdona la nota de folklore escatológico de mi tierra, pero puede pasarte como a aquel que se cagó en la fuente y tuvo que volver a beber a ella. Un desastre.

Moraleja del cuento: No podemos tomar decisiones plenamente sensatas y racionales en todo momento. (Además, sería muy aburrido.)

Pero, cuando estemos muy, pero que muy “emocionados”, es preferible dejar que se templen los ánimos antes de decidir. ¿No te lo parece?

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