Situaciones en las que la envidia es sana, si la sabes aprovechar

La persona envidiosa se siente mal consigo misma cuando ve en otro lo que a él/ella le gustaría tener o hacer.

Ese sentimiento puede desembocar en estados poco agradables: estrés, depresión, gastos tontos de tiempo o de dinero, acciones poco edificantes en contra del envidiado, entre otros.

La envidia es un sentimiento antipático. No nos gusta, porque sabemos que sus consecuencias pueden ser destructivas. Pero esa antipatía, por sí sola, no nos libra de sentir envidia alguna vez.

Ahí está el sentimiento. ¿Cómo lo manejamos?

La envidia no tiene porqué desembocar necesariamente en daño o en amargura. Es un sentimiento del que se derivarán conclusiones o acciones que se pueden elegir. Si no todas, unas cuantas.

de malo a bueno

En muchas ocasiones, podemos desmontar la envidia. Por ejemplo, informándonos mejor sobre la cara oculta de lo que envidiamos. O aprendiendo a valorar lo que somos, tenemos o hacemos. Y, lo mismo que llegó, la envidia se desvanece.

En otras ocasiones, podemos transformar la envidia en admiración. De este modo, rentabilizamos la atención que hemos puesto en el envidiado, dejándonos inspirar por él/ella.

Y, de esas ocasiones, pueden surgir cambios positivos. Cambios que, gracias a la incómoda envidia, supondrán un beneficio para nosotros.

Digamos que en ese caso es envidia sana, ya que le damos la vuelta al sentimiento desagradable para encauzarlo hacia acciones beneficiosas.

Veamos ejemplos de situaciones que se prestan a este viraje.

¡Yo también puedo!

Cuando estás apático o te has instalado en la complacencia. Preferirías una motivación más agradable, pero tienes ésa: la de ver que otros “viven”, mientras tú ves la vida pasar.

Lo que sientes no es bonito. Pero podría sacudirte el muermo. Podría ponerte en marcha y raro sería que lo que emprendas sea peor opción que la de quedarte estancado.

Cuando abres los ojos a una oportunidad que jamás habrías considerado por tu cuenta. De repente, se posa ante ti con otra persona protagonizándola.

Estudias la situación. Decides que hay más pros que contras si tú te atrevieras a hacer algo parecido. Y exprimes tu creatividad para moverte en esa dirección.

Cuando ves a otros superando obstáculos que tú considerabas insalvables. En algún momento, descartaste un objetivo u actividad porque creíste que no podrías avanzar dadas tus limitaciones (tu edad, tu sexo, tu nivel socioeconómico… u otras).

Un buen día, ves a otra persona venciendo limitaciones similares. Suficiente, para que rescates tus antiguas ganas y comiences a pensar que tú también podrías hacerlo. ¿Por qué no?

Cuando ves que otros hacen eso mismo que tú tenías aparcado para “algún día”. Procrastinabas con un hábito o con una acción. Y ves que en tu círculo hay gente puesta a ello.

¿Es hacer ejercicio? ¿Dejar de fumar? ¿Aprender a cocinar? La incómoda envidia, por los buenos resultados que están obteniendo otros, hace que tú decidas lanzarte de una vez.

¿Y si no te sirve?

Para que la envidia sea sana (impulsora de cambios positivos), has de reconocerla y aceptarla en primer lugar. Y, después, has de evaluar si te conviene aprovechar esa motivación… o no.

Porque habrá situaciones en las que la envidia, por mucho que te motive, no te convenga. Echa un vistazo a las redes sociales, por ejemplo.

Hay personas que viven experiencias muy apetecibles en apariencia. Tal vez, tras ese escaparate haya una realidad que no es tan apetecible.

Y hay personas que hacen cosas muy interesantes (o dicen que las hacen). Pero quizás no cuadren en este momento contigo y con tus prioridades.

Por ello es conveniente que analices la situación. Si decides que, por mucho que te seduzca un proyecto, no te beneficia en este momento, aparca la envidia y enfócate en tus intereses.

 

¿Alguna vez has aprovechado la motivación nacida de la envidia y te ha salido bien? Si es que sí, ya podemos descartar que la envidia lleve a la destrucción el 100 % de las veces. 😀
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