Eres adulto y por tu cabeza ronda un proyecto que quisieras que cobrase vida o una idea, digamos, poco convencional.
Quizás, abrir un negocio. Puede que dar la vuelta al mundo. Tal vez, ponerte una falda escocesa que está pasada de moda. Lo que sea.
Comentas tu idea con las personas del entorno y, entre las opiniones negativas, te quedas con que no es un buen momento. Con que tu ocurrencia es una payasada. O con unas risas incrédulas: ¿De verdad quieres hacer eso?
Entonces dejas de «soñar» y descartas tu idea. ¿Quién te ha detenido? ¿Han sido los demás con sus opiniones en contra… o has sido tú mismo?

La mayoría de las veces no son los demás quienes nos detienen. Somos nosotros.
A mí, por ejemplo, me apeteció hacer un blog hablando de «cosas buenas» y de aprender a vivirlas: Qué ambiguo. Qué falta de definición. Qué nombre tan ridículo y poco acertado has elegido… ¿Tus Buenos Momentos?
Pues, sí. Ésas son opiniones reales que recibí en su momento. Y, la verdad, al principio me daba vergüenza escribir en él. Una inseguridad que, en parte, vino de que yo escuché con atención esas opiniones y me las creí (un poquito).
¿Qué pasó? Nada. Esto mismo que estás viendo. Hice lo que quise (sin herir la sensibilidad de nadie, que yo sepa). Y ya llevo casi cuatro años disfrutándolo.
Tengo la enorme suerte de que vienen personas a leer esto que aprendo y comparto. Hasta la fecha, nadie se ha venido a quejar por las cuestiones que me apuntaron durante el nacimiento de este blog.
Y, quien dice un blog, dice otra cosa.
¿Cuando quieres hacer algo, prestas demasiada atención a los miedos y las dudas? ¿Dejas que te paren?
Porque los demás pueden influir o incluso empujar en sentido contrario. Pero, en última instancia, quien decide si parar o ponerte en marcha ERES TÚ.



