Básicamente, hay tres formas de mentir:
- Inventar una historia alternativa a la verdad.
- Utilizar una parte de la verdad y adornarla con mentiras que la deformen.
- Y callarse la verdad.
Hay quien dice: «Antes de faltar a la verdad, prefiero no decir nada.» Pero la omisión no deja de ser una mentira, por dos razones.
- La verdad permanece oculta.
- Se controla la conducta de un tercero, que cambiaría en caso de conocer la verdad.

La intención es lo que cuenta
Lo que hace que la mentira sea tan mal vista no es tanto que se oculte la verdad o se disfrace, sino la intención con la que se miente.
Por ejemplo: Puedes mentir para ofrecer una «versión mejorada» de ti mismo; lo que se conoce con el nombre de hipocresía.
Puedes mentirle a alguien, para protegerle y evitar que la verdad le hiera.
O puedes mentir sin premeditarlo, cuando en ese instante te de miedo admitir la verdad.
Hay pocos tipos de mentiras, comparados con el sinfín de razones que puede haber para mentir.
A quien descubre una mentira, finalmente, lo que le hiere es la intención con la que le ocultaron la verdad más que la mentira en sí.
Pensar en lo anterior puede facilitarnos bastante las relaciones cuando, antes de mentir (aunque sea ocultando la verdad), nos preguntemos: ¿por qué?, ¿para qué? ¿Merece la pena?
Hay ocasiones en las que sí. Pero, casi siempre, la verdad es el camino más sano: No perdemos energía tratando de mantener una ficción ni nos arriesgamos a las temidas consecuencias cuando la verdad salga a la luz.
Pensar en ello no está de más, ¿no te parece?
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