¿Por qué me pasan a mí estas cosas?

No es justo. Ésa conclusión suena en tu mente tras haber invertido en una relación o proyecto que te exigió demasiado para lo poco que te dio a cambio.

O suena cuando te ves de cara con un castigo inmerecido. ¿Cómo es posible? ¿Por qué a mí, precisamente?

Cualquier persona con un mínimo de empatía coincidiría contigo en que no es justo que tengas que pasar por esto. No sólo a ti te lo parece.

Te dueles pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Repasas lo ocurrido de nuevo. Y te rebelas por enésima vez: ¿Por qué pasa esto?

pregunta rueda

En pequeñas situaciones o en pruebas mayores, la mayoría hemos conocido el sabor de “lo injusto”, como tú también lo has hecho antes de este momento.

Nos tocó ver cómo nuestros aportes de valor se diluían. Nos dolió que no fueran reconocidos.

Pero después de llorar y de pensar en lo sucedido, la mayoría decidimos seguir adelante. Hicimos a un lado el enjuiciamiento de una realidad poco justa y comenzamos a estudiar nuestras opciones a partir de ese momento.

¿Qué vamos a hacer ahora?

Pasó el protagonismo del “por qué”. Para avanzar, tuvimos que poner el acento en otra pregunta: ¿QUÉ? ¿Qué es lo que vamos a hacer?

Desatascarnos del “por qué” y comenzar a movernos por las posibilidades que se abrían nos ayudó a superar antes el mal trago. Si no lo hubiéramos hecho así, aún continuaríamos atrapados en el cepo de las primeras “injusticias” que vivimos.

Recordémoslo para la próxima vez. Dejemos atrás el “por qué” lo antes posible, para poder concentrar nuestras energías y nuestros pensamientos en lo que vamos a hacer al despertar. Porque mañana amanece de nuevo.