Recuerdo una conversación de mi infancia. Dos de mis tías, que no llegaban aún a los cuarenta años de edad, me decían que al crecer uno tenía la sensación de que el tiempo iba más deprisa.
Cuando pasaron los años lo comprobé de primera mano. Conforme iban aumentando las tareas y los problemas, efectivamente, me parecía que los días se hacían más cortos, mucho más cortos. Era como si el metrónomo se me hubiera movido, del adagio al presto.
Días, semanas, meses, estaciones… Todo parecía durar menos. Yo lo atribuí a que mi vida estaba más llena; llena de gente, de compromisos, de objetivos, de quehaceres…

Aunque luego lo pensé mejor. Mi infancia también estaba llena de esas cosas. Si bien, no de todas. Había menos miedos, menos arrepentimientos y menos preocupaciones.
Algo que se notaba en las largas tardes de verano, cuando jugaba en el parque sin pensar qué pasaría al día siguiente.
Incluso se notaba en la escasa media hora de recreo que nos dejaban en el colegio. Media hora que daba para jugar y reír con más intensidad de la que después lograba en una semana.
Eran más intensas tanto las alegrías como las penas, que también las hubo.
Lo que cambió, en realidad, es que me acostumbré a tener demasiadas cosas en la cabeza. Asuntos del pasado o del futuro que convergían en el momento presente.
El metrónomo no había cambiado. El tempo era el mismo. Era yo la que estaba tocando a la vez varias piezas musicales la mayor parte del tiempo, perdiendo así la melodía de la pieza principal.
Pero me di cuenta del error y me propuse enmendarlo: Si cada momento tiene su propia melodía, trataré de interpretar lo mejor posible la de ahora, sintiendo cada nota y cada silencio.
Así, saboreando la música, saboreando la vida…
Imagen de Mrs Logic
