¿A qué vas a dedicar tu vida? ¿Con quién vas a compartirla? ¿Dónde vivirás? Ésas son decisiones de entidad, que han protagonizado y seguirán protagonizando horas de reflexión, planificación y ejecución de lo que acuerdas contigo mismo.
Investigas y estudias tus opciones con calma. Pruebas algunas, para saber qué descartar y qué no. Rectificas, si toca. Te comprometes cuando lo tienes claro.
Las decisiones serias suponen trabajo, paciencia y, tal vez, noches de desvelo. ¿Merecen la misma dedicación las decisiones “menores”?
Necesito renovar la lavadora, ¿cuál es la mejor para mí?
Investigas unos días y, entre las marcas y modelos disponibles, decides que dos lavadoras se ajustan a lo que tú estás buscando. ¿Te cuesta decantarte por una de ellas?

Pongamos que sí. ¡Qué dilema! Y que el mismo proceso se repite cada vez que necesitas renovar el móvil, comprar unas zapatillas para correr o elegir un destino para tus próximas vacaciones.
¡Ay, el perfeccionismo…! ¿Compensa que, cada vez que tomes una decisión, te esfuerces para acertar con la opción perfecta?
¿Qué mas da que no sepas cuál es exactamente la mejor, si la lavadora A o la lavadora B? Las dos opciones son suficientemente buenas; de buen precio, buena calidad y se adaptan a lo que quieres.
Lo mismo pasa con el móvil A y el móvil B. O con el destino de vacaciones A y el destino B.
Tal vez no tomes la decisión 100 % perfecta en todos los casos. Es más, con la cantidad de decisiones de este tipo que surgen al paso, lo más probable es que alguna vez NO elijas la mejor.
Para menores, las decisiones de chichinabo
¿Qué cerveza me tomo? ¿Qué vamos a cenar hoy? ¿Qué película me pongo?
Estas decisiones se toman en cuestión de segundos, ¿no? Es absurdo dedicarles el mismo tiempo y energía que invertimos en las mayores o incluso en la de comprar una lavadora.
(Hace tiempo publicamos una entrada hablando de estas decisiones intrascendentes, a fin de ahorrarnos fatiga y estrés en la vida diaria: Ideas para reducir la fatiga en la toma de decisiones cotidianas.)
