Cuando vas a comenzar algo nuevo se produce un tira y afloja de emociones.
De un lado, el cosquilleo agradable de estar dando los primeros pasos hacia un objetivo que vale la pena; del otro está ese manojo de inseguridades que bien conoces.
¡Oh, cielos! ¿En qué me he metido? ¿Cómo me irá con esto?
Ese miedo va perdiendo poder, aunque se quede latente en una esquinita, cuando tú te inclinas hacia el otro bando: el bando de la ilusión, de la actitud positiva.
Ése es el primer paso.

Actitud positiva
El miedo siembra dudas y paraliza. Pero tú decides centrarte en lo bueno que ese «algo » traerá a tu vida. Y te quedas también con el deseo de intentarlo y con las enormes ganas de tener un buen resultado.
Ya, las ganas solas no son suficientes. Hay que comprometerse en serio y tener un buen plan. Eso es lo siguiente.
Planificación sensata
El compromiso con tu decisión te lleva a tomarte muy en serio la pregunta: ¿Cómo lo hago?
Entonces es cuando investigas la mejor manera de gestionar bien tus recursos (tiempo, dinero, esfuerzo…), dando prioridad a lo más importante de todo: tu salud. (Eso, siempre.)
Si es el caso, divides el objetivo en metas más pequeñas. Le haces caso a al método SMART hasta dar con la organización que te convenza y que mejor se ajuste a ti.
Después, te haces con una agenda, con un diario, con un calendario o con los instrumentos que necesites para controlar cómo vas avanzando.
Respiras hondo. Llega el momento de empezar y los nervios afloran.
Admítelo: No tienes ni idea
La mejor manera de vencer los nervios del comienzo es admitir que no tienes ni idea. Adiós a la presión y adiós al miedo de cometer errores. Bienvenidos sean.
Y tú dirás: Sí, claro. Como si fuera tan fácil…
Lo es, aunque yo tardé en aprenderlo.
Por alguna razón, yo he llegado tarde a muchos aprendizajes. Uno de ellos fue aprender a nadar.
Cuando tuve la oportunidad de hacerlo, me apunté a un cursillo de verano y ahí me encontré a un grupo de niños, todos menores que yo, que ya sabían nadar y que iban, más bien, a perfeccionar.
Todavía recuerdo la vergüenza tan grande que pasé cuando le dije al monitor que no me podía lanzar al agua como los otros chicos, porque no tenía ni idea. Más vergüenza todavía porque yo era mayorcilla y la única del grupo en esa situación.
¡Qué mal lo pasé! Y fue para nada, porque luego me ayudaron a perder el miedo a la piscina y aprendí algunas cosillas más.
Lo mismo me ha pasado con otros objetivos y aprendizajes (que no cuento para no aburrir). Y de todo eso aprendí que, cuando aceptas que eres un novato y no tienes ni repajolera idea, te deshaces de mucha presión innecesaria.
Quién sabe… Puedes encontrar personas que estén en la misma situación que tú. En ese caso, esta etapa se hace más llevadera.
Mejorarás, ¡SEGURO!
Tan cierto como lo anterior es que, si sigues comprometido y trabajando, avanzas. Quizás no tan rápidamente como te gustaría, pero avanzas.
Y prepárate para que no sea un avance lineal. Lo más probable es que sea irregular.
Quizás haya subidones y tropezones; temporadas de avance rápido y visible, éxitos inmediatos y sonados, logros medianos, avances diminutos y etapas en las que no se note apenas el progreso: Todo cuenta.
Tú, por supuesto, te quedas con eso: con la evolución, gradual o como sea. Porque está claro que la habrá y tú no deseas tirar la toalla en los momentos más duros.
Después, cuando lleves un buen tramo y hagas tu evaluación, ya verás si merece la pena continuar o explorar otros caminos.
Ésa es otra buena razón para no tener miedo a la hora de empezar algo: Si sale mal, para eso están las alternativas.
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Resumen de lo dicho: Este miedo se vence centrándote en lo positivo, planificando bien, deshaciéndote de presiones innecesarias, tomando nota de los avances que vayas teniendo y convenciéndote de que, si al final decides que no vale la pena, tienes otras opciones que explorar.
Imagen de Capture Queen â„¢
