El conocimiento y la práctica de técnicas variadas te han hecho ganar en eficiencia.
Eres un portento de la productividad: planificas bien, atajas la procrastinación, tienes tus mañas para concentrarte hasta en el día más complicado, sacas adelante un volumen de trabajo que es para quitarse el sombrero…
¡Fantástico! A ver a quién no le gustaría hacerse con las riendas del trabajo de esa manera. Y, quien dice “trabajo”, dice “responsabilidades cotidianas”, cualesquiera que sean las tuyas.
Pero ser un hacha en el trabajo no debería ser lo único a lo que aspirásemos.
Tan productivo, ¿para qué?

Los objetivos y las tareas “serias” son importantes. Como también lo son el descanso, la diversión, el tiempo compartido con las personas que queremos y demás asuntos que componen la vida.
A menudo nos dejamos llevar por el ajetreo de lo cotidiano, por los detalles, por los compromisos que van saliendo al paso. Tanto, que se nos olvida porqué hacemos lo que hacemos y para qué.
- ¿Tú has pensado cómo te gustaría que fuera tu vida personal y profesional de aquí a cinco o diez años?
- ¿Te has planteado qué cosas de las que haces a diario te servirán para llegar a esa imagen que te has hecho? ¿Qué te acerca ahí? ¿Qué compromisos de los que tienes te alejan de ese objetivo?
Yo tengo algunos días muy productivos y me gusta la sensación que dejan al final de la jornada. Pero, cuando hago un repaso, a veces descubro que no todo lo que hice estuvo en consonancia con el futuro que quiero construir.
Vale la pena tomarse un tiempo para pensar en ello. Porque hacer las cosas pronto y bien es estupendo, siempre que estén en línea con el horizonte que cada cual tiene en mente.
Si no, de poco sirve. ¿Para qué hacernos tan eficientes en el manejo de los asuntos que van llegando, si perdemos de vista el objetivo esencial?
