La frase en inglés es ultraconocida: Done is better than perfect. (Hecho es mejor que perfecto.)
Es de ese tipo de ideas sensatas con las que es fácil estar de acuerdo. Pero practicarlas es otra historia.
Si tienes de plazo una semana para terminar un trabajo, del tipo que sea, ¿qué prefieres?:
- Hacerlo cuanto antes lo mejor que puedas.
- Prepararlo bien y aprovechar todo el tiempo del que dispones, a fin de entregar un resultado de calidad.
Yo elegiría la segunda opción, especialmente si es un trabajo delicado. Es más probable que ofrezca un resultado de alta calidad.
Pero, ¿qué pasa si ese es el primero de un montón de trabajos similares que vas a seguir realizando periódicamente?
¿Y qué pasa si hay trabajos diferentes que también necesitas terminar? Ese no es tu único cometido de la semana.

Ahí comienza a hacerse necesaria la aplicación de la idea: hecho es mejor que perfecto.
Porque la mayoría de nosotros tenemos muuuuchas cosas que terminar a lo largo de una semana y más que nos esperan para la siguiente. Y ni de chiste vamos a acabarlas apuntando a la perfección en todas ellas.
No es plan de salir de todas las tareas en plan chapucero (solo de las que lo admitan). Pero tampoco es plan de buscar la perfección en cada una de ellas, porque ya sabemos que el perfeccionismo atasca, estresa y desmotiva.
- Si quieres profundizar en el tema, ahí va esta entrada: El perfeccionismo en el trabajo, 10 dificultades añade.
Necesitamos una postura más equilibrada: hacerlo lo mejor posible, según lo que requiera cada tarea, y terminar pronto.
Razones para tratar de terminar pronto
Mencionemos unas cuantas.
1. Te animas. Un trabajo terminado (aunque no sea sublime) anima más que uno sin empezar (apuntando a lo sublime).
2. Entras en una dinámica productiva. Acabado el asunto, te vas con el siguiente. Mucho más motivador, dónde va a parar, que atascarte en un punto sin cambiar de aires.
3. Recibes feedback al terminar. Las personas destinatarias de ese trabajo te indican si vas por buen camino o qué mejorar.
4. Alineas tu concepto de calidad con el de las personas destinatarias del trabajo. Esto es importante. Los demás pueden estar esperando algo distinto a lo que para ti es “calidad”.
¿No te ha pasado nunca lo de esmerarte para agradar al jefe y que “tu calidad” haya sido ignorada, porque él se dio cuenta de que quería otra cosa?
5. Acumulas experiencia y tareas completadas. Con cada una aprendes y te haces más hábil para la siguiente vez que pases por ella.
6. Te acostumbras a acabar tareas, con el espaldarazo para la confianza en ti mismo que supone.
7. Lo harás mejor cada vez. Esta es la gran ventaja. Vas subiendo en calidad a medida que, una y otra vez, te ves las caras con la tarea.
Eso que pretendías de primeras: hacerlo divinamente, vas a ir lográndolo poco a poco.
Sinrazones para porfiar en la perfección
Hacer las cosas lo mejor posible, terminarlas pronto e ir ganando en calidad progresivamente. Esta postura sana y sensata compite con la que a muchos nos enseñaron de pequeños:
Si no vas a hacerlo bien, no lo hagas.
Razonable, si no fuera porque con “bien” se referían a “impolutamente bien”.
Cosa que no es ni razonable ni realista cuando somos primerizos en una tarea. Ni lo es cuando somos expertos, por aquello de que: Hasta el mejor escribano echa un borrón.
Pero así de poco sensato es el perfeccionismo. Como buena parte de los miedos, lo aprendimos del entorno. Aunque, según la ciencia, también puede venir en los genes.
Sí, eso es lo que se esconde tras el perfeccionismo: miedo. Y, para contrarrestarlo hay que exponerse y actuar.

Si no has experimentado mucho con la imperfección, atrévete con ella.
Comprueba por ti mismo cómo progresas más y con qué te sientes mejor. Si es con la acción, únete al equipo de los que hoy vamos a terminar pronto, bien. ¡Y mañana lo haremos mejor todavía!
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