Atrévete a hacerlo mal. Ya está bien de tener miedo a los errores.
Porque no necesitas hacerlo perfecto. Solo necesitas empezar… ¡Y seguir!
¿Cuántas veces vuelves atrás para corregir lo que no queda perfecto?
- Cierras el armario y lo vuelves a abrir. ¡La camisa no estaba bien colgada!
- Envías un mensaje de texto. Te das cuenta de que escribiste “uevo” (con horror ortográfico evidente). Y mandas otro mensaje: “Huevo, perdón.”
- Estás a punto de salir de casa y, en un último vistazo, ves un juguete en el suelo. Vuelves atrás para colocarlo.
Mires donde mires, hay cosas que no funcionan, errores que corregir, problemas que se atascan, pelusas que están en el lugar equivocado, cabos sueltos: imperfecciones que te roban la calma.

Y así seguirá… Ya que termines de arreglar una cosa, tendrás delante una nueva que necesite enmiendas. Como el agua que escapa de un recipiente agujereado. Justo al tapar un boquete, descubres que el agua se sale por otro.
¡Qué cansancio! ¡Qué impotencia! ¡Ufff.. qué estrés!
¿Has pensado en qué ganas al tratar de corregir cada detalle? ¿Cuál es el punto de esto? ¿Para qué sirve?
¿Qué pasa cuando te atreves a hacerlo mal?
¿Y si hicieras un lado la necesidad de perfeccionar lo que no está tan mal?
Hay bastante diferencia entre hacer las cosas en plan chapucero, sin poner el más mínimo cuidado, y estresarse con que cada asunto quede impecable.
Las personas que abrazan la imperfección avanzan más, pese al coraje y la envidia del resto.
- Mira ese. ¡Qué mal baila! ¿No le da vergüenza?
- Canta que da pena. ¡Habría que multarlo por martirizarnos los oídos!
- ¿Cómo está esa en un programa de televisión? ¡Qué horror!
- Su pronunciación del inglés es horrenda. Y ahí lo tienes, dando clases en una academia.
Puede ser cierto. Pero ahí está esa gente: Haciendo lo que quiere. Pasando de las críticas y de la antipatía de quien cree que otro se merece más el lugar que ocupan ellos.

¿Lo que hacen es cutre, mediocre, totalmente imperfecto? Puede. Pero lo hacen. Y ya han avanzado más que los que no se atreven a intentarlo por miedo a hacerlo mal.
Ni tus críticas ni las mías van a detener a toda esa gente que lo hace rematadamente mal. Porque es gente que piensa de otra manera:
- Piensan en lo que quieren hacer y buscan la manera de hacerlo; se detienen poco en lo que otros puedan pensar de lo que hagan.
- Piensan en dejar el trabajo hecho, no en que quede impecable.
- Tienen en mente el éxito, antes que el fracaso.
- Piensan en el pequeño paso que pueden dar hacia delante, no hacia atrás.
Ellos arriesgan. Se hacen vulnerables y se exponen en pro de hacer lo que quieren. Tal vez, no hay nada de divino ni glorioso en lo que hacen, pero progresan.
Se mueven hacia delante, a pesar de que les falte preparación, experiencia, tiempo, energía, dinero… o lo que pueda faltar. Prescinden de la presión de hacerlo bien de primeras.
¿Para qué la quieren?
A eso pueden renunciar, sin que ello represente renunciar también al esmero y cariño que le impriman a sus acciones.
Siguen su imperfecto camino
(¿Cuál no lo es?)
Y así es como cada día lo hacen un poco mejor. Bastante mejor, de hecho, que quien está volviendo atrás continuamente o se estanca en la primera piedrecita que encuentra. Porque este (o esta) no se mueve del sitio.
Y, qué rayos. Para llegar al éxito, como sea que tú lo imagines, siempre se empieza por un primer paso.
Un primer paso que, aunque quede lejísimos de lo glorioso, cuenta tanto como el último que das.
Conclusión
El miedo a hacerlo mal frena más que el error en sí. Lo que importa es empezar, avanzar, probar… aunque lo que resulte no sea perfecto.
Atrévete a hacerlo mal. Porque así es como empezamos a hacerlo bien.



