Por qué alegrarte de lo que haces bien

¿Hay alguna diferencia entre alegrarte de lo que haces bien y privarte de hacerlo?

La hay. Celebrar tus aciertos es un acierto, valga la redundancia. Veamos porqué.

Baja Modesto, baja

En el nombre de la modestia y la humildad, está mal visto darle bombo a los propios logros, ya sean grandes o pequeños.

¡Cuidado! A ver si van a pensar que te lo tienes muy creído.

No tiene mérito.

Apruebas un examen, consigues un ascenso o quizás recuerdas un dato clave, que le saca a otro las castañas del fuego.

Y no solo no te alegras en proporción al pequeño o gran éxito, sino que le das un toque de vulgaridad:

Eso lo podría haber hecho cualquiera.

alégrate de lo que haces bien

Cualquiera, no. Lo has hecho tú.

Eres responsable de ambos: errores y aciertos

Lo mismo que tú eres responsable de tus errores, también lo eres de tus aciertos. ¿Por qué no cuentan tanto?

La razón principal por la que los pequeños éxitos cuentan poco es porque no se ven. (O no los miras, que es distinto.)

Resaltan más los errores:

  • cuando no llegas a tiempo,
  • cuando cometes un error ortográfico en un texto de mil palabras,
  • cuando tropiezas en la calle,
  • cuando te pones los calcetines desparejados…

¡Oh! Qué vergüenza. ¿Y todas esas veces en las que has acertado? ¡Bah! Acertar es una vulgaridad.

Llega el día en el que no ves tus aciertos

A fuerza de ignorar tus aciertos, poco a poco, te vas acostumbrando a darle más importancia a los errores, a los despistes y las chapuzas.

Hasta que llega un día que estás tan poco habituado a reconocer lo que haces bien que ciertos gestos te pasan inadvertidos.

Te tomas un poco de tiempo para ayudar a alguien, consigues un pequeño avance en tu proyecto, terminas a tiempo las tareas…

Todas esas cosas que has hecho bien a lo largo del día se van por el sumidero. Porque en tu cabeza solo está el momento en el que se te quemaron las lentejas.

¿Cómo puede una persona tener confianza en sí misma cuando solo le presta atención a lo negativo, a todo lo que hace mal?

Así, cuando llega el día en el que consigues algo grande y más vistoso, no solo no lo aprecias en su justa medida, sino que lo apartas. Incluso no crees ni aceptas los cumplidos que te hacen los demás:

No es para tanto. He tenido suerte.

Ya basta.

Para construir confianza, reconoce lo que haces bien.

Del mismo modo que reconoces y encajas las pequeñas o grandes meteduras de pata, procede con esas diminutas o grandes victorias: Reconócelas y alégrate por ellas.

Es justo contigo. Y, además, es la única manera en la que puedes ir construyendo día a día la autoconfianza que necesitas para seguir adelante.

Vamos, en caso de que la necesites.