Empieza un camino doloroso quien alimenta la creencia de que la vida de aquél, que es más guapo, más listo o más rico, es mejor que la suya.
¿Y si no es así? ¿Quien se fabrica esta historia en la cabeza conoce también los problemas y dolores de quienes etiqueta como afortunados?
Para el juez anónimo que dictamina que el más guapo, el más listo o el más rico es más feliz, no hay duda. Ellos son felices. Ellos tienen. Él/ella no.
La envidia comienza a escocer: ¿Por qué se quedan ellos con todo lo bueno? No es justo.
La avaricia intenta aplacar el dolor. El juez anónimo lucha por ser más y por tener más. Y sigue. Se empeña en acaparar más, sin conseguir llenar el vacío de no ser suficiente.

¿Existe una alternativa más saludable?
Desde luego. Al principio, quizás escueza más que el camino de la envidia, ya que supone aceptar TU realidad. Y eso no siempre es agradable.
Entre lo que te toque aceptar habrá cosas que no te gusten. Quizás hayas de aceptar que físicamente no eres tan agraciado como quisieras; quizás, que eres lento aprendiendo; quizás, que naciste en una familia pobre. A saber.
Pero también está la otra parte: aceptar lo bueno que forma parte de ti y de tu vida. Descubrir qué recursos tienes para comenzar a trabajar con ellos. Celebrarlos y ponerlos en acción.
Ahí tienes una base. ¿Buena? ¿Mala? Es la que es. Partiendo de ella se abre un abanico de posibilidades.
Si tú lo decides, puedes mejorar, desarrollar o hacer crecer las cosas buenas que forman parte de tu vida. Puedes orientarlas hacia donde creas conveniente.
Eso, tengas más o menos éxito con tus decisiones, parece más saludable que ignorar tus recursos y lo que puedes hacer con ellos, para desear tener el cuerpo, la inteligencia o la vida de otra persona.
Ésa es la propuesta del día: Alegrémonos por lo que sí tenemos y usemos esos recursos para avanzar. ¿Te sumas?
