Muy a menudo, tomamos decisiones llevados por la emoción que experimentamos. Unas veces para bien y otras… no tanto.
Quizás hayas pasado por situaciones como estas.
- ¿Te has sentido alguna vez tan asustado que, en el último momento, huyeras de una situación?
- ¿Te has enfadado un buen día mandando algo o a alguien a la porra?
- ¿Alguna vez te ha sorprendido un brote de tristeza tan asfixiante que reaccionases haciendo cualquier cosa menos lo previsto?
- ¿Te has dado media vuelta en la cama para seguir durmiendo, habiéndote prometido a ti mismo ayer que ibas a madrugar?

Malas decisiones que tomas desde la emoción del momento
Las emociones son algo primario. No tienen que ver con pensamientos o sentimientos. Simplemente son una respuesta fisiológica a un estímulo exterior, cuya finalidad es decirle al cuerpo «qué debe hacer».
A veces te encuentras con una situación y, en cuestión de instantes, se enciende el interruptor de la emoción. Suenan las alarmas y, sin tomarte tiempo para reflexionar, ejecutas la acción que te pide el cuerpo.
- Esto es muy útil en situaciones en las que debes reaccionar rápidamente.
Por ejemplo, cuando viene alguien en una bicicleta sin frenos directo a ti y saltas para esquivarlo.
- Pero no lo es tanto en situaciones que no requieren de esa urgencia.
Como cuando, después de un día horrible en el trabajo, redactas la renuncia en medio del berrinche.
Sí, las emociones son muy útiles en ciertos casos. Pero esa alerta inmediata también te lleva a precipitarte y a equivocarte en otras ocasiones.
Y sabes que mañana tendrás que vivir con la decisión que has tomado hoy (acertada o no).
Ejemplos de emociones que precipitan decisiones de las que podrías arrepentirte
Veamos algunas.
1. Hiperexcitación: Lo consigo sí o sí
Como el jugador que apuesta todo lo que tiene en la partida, segurísimo de que va a ganar. Anda que no nos sabemos historias de descalabros que empezaron así…
Cuando estás en esa nube, difícilmente te paras a evaluar riesgos y las posibles consecuencias negativas de tu decisión. Por eso te conviene frenar y serenarte un poco. Y, después, decidir.
2. Tristeza abismal: No puedo, no puedo
Al contrario del ejemplo anterior, la tristeza no anima a moverse mucho. Y, precisamente por eso, también puedes equivocarte en tus decisiones.
Surge una buena oportunidad (un ascenso, hacer un viaje, conocer a alguien) y tú, que no ves más allá de la pena, no la aprovechas. O, en los objetivos que estás trabajando, te pones listones muy bajos.
Esa no es mala idea para comenzar a sumar progresos. Pero la tristeza empuja hacia abajo. Tus expectativas sobre ti y sobre lo que haces rayan el suelo.
Es despejándote un poco cuando te das cuenta de que sí podrías hacer tal o cual cosa, que la tristeza no te deja ver.
3. Ansiedad, nervios en escalada libre
Estás próximo a mudarte, a casarte o a cualquier otro cambio que te tiene nerviosito perdido, bien porque estés preocupado o porque estés en una nube (como en el punto 1).
A lo mejor el cambio es en lo personal. Pero, descuida, estás tan atolondrado, que las decisiones “malas” (si las tomas) no se limitarán a esta área. También puedes precipitarte o bloquearte en los negocios o en los estudios.
Te presentan una propuesta y ni la miras: Sí, sí, eso mismo. O, si pasa lo contrario, te presentan dos o tres y te quedas colgado, paralizado: ¡Porras! ¿Qué hago?
Calma, calma…
4. Ceguera iracunda: Te vas a enterar
¿Puedes tomar una decisión precipitada por el arrebato de ira del momento? Digo, a ver quién no lo ha hecho…
Si te calmas un poco, puedes aprovechar la energía extra que da la ira para defenderte o superar el obstáculo que sea.
Pero, si actúas en caliente (con el fuego ardiendo en tus pupilas), las probabilidades de hacer algo de lo que después te arrepientas son muy altas.
Perdona la nota de folklore escatológico de mi tierra, pero puede pasarte como a aquel que se cagó en la fuente y tuvo que volver a beber a ella. Un desastre.
En esencia: No podemos tomar decisiones plenamente sensatas y racionales en todo momento. (Además, sería muy aburrido.)
Pero, cuando estemos muy, pero que muy “emocionados”, es preferible dejar que se templen los ánimos antes de decidir. ¿No te lo parece?
¿Qué puedes hacer reducir las malas decisiones?
Por lo pronto, es bueno que te conozcas a ti mismo; que sepas qué interruptores tienes y cuándo se encienden. Eso, para aprender a manejar esas emociones a tu favor.
(Hablo de ti, pero la tarea nos concierne a todos y lleva su tiempo.)
Así estarás más cerca de saber si lo que te pide el cuerpo es lo mejor en ese momento o si no lo es.
Tenlo en cuenta: Las emociones no siempre aciertan
En las decisiones que tomas cada día, esto tiene importancia.
Suena el despertador. Te estiras y, sin pensarlo dos veces, pones los pies en el suelo.
Ayer por la noche decidiste que harías eso mismo, para vencer la tentación de los “cinco minutos más, por favor”, que suplica tu cuerpo a esas horas.
Esa es una decisión pequeña…
- como quitar la tele para trotar un poco por el vecindario;
- como elegir el filete a la plancha, en lugar de frito (otra vez);
- o como hacer la llamada incómoda que te persigue.
Todos los días no se presentan decisiones grandes. Pero pequeñas, sí. Y estas también te cambian la vida, solo que lo van haciendo lentamente.
Proponte acertar en las pequeñas decisiones cotidianas

El éxito suele formarse así, con una cadena muy larga de decisiones, donde hay aciertos y errores.
Entre los errores están esos que cometemos cuando confiamos en la emoción del momento. Y la emoción, por honesta que sea, no cuenta necesariamente la verdad ni apunta siempre donde más nos conviene.
Una cosa es que te sientas incapaz de hacer tal cosa y otra, distinta, es que estés imposibilitado para hacerla.
- El tipo ese se puso insolente y le tuve que partir la cara. No pude contenerme. ¿Seguro que no?
- Estaba tan “depre” que me fui de compras. Es lo más efectivo para subir los ánimos. ¿Seguro?
- Me gustaría madrugar, pero me falta fuerza de voluntad. ¿Seguro?
Las emociones incómodas agudizan tu creatividad para buscar excusas convincentes. Excusas que te crees (sean ciertas o no) y que te libran de hacer lo que NO te gusta, aunque sea lo que te conviene.
Es sano escuchar lo que dicen las emociones. Te dan una información útil y, muchas veces, apuntan a que vayas en una buena dirección. Pero no siempre aciertan y cambian con mucha rapidez.
Tenlo en cuenta con las pequeñas decisiones cotidianas con las que vas formando el éxito, en aquello que tú estés construyendo.
Cuando se presente la emoción incómoda, que te lleve a hilvanar pensamientos del tipo: no puedo, no tengo ganas, qué miedo, ¡ay! qué asco de vida… atrévete a cuestionarla.
¿Cuál es el siguiente paso diminuto que puedes dar para moverte hacia lo que quieres? Identifícalo. Y, si PUEDES darlo, no dejes que la emoción del momento te detenga. Decide a tu favor.
Lo más probable es que, en cuanto des ese pequeño paso, la emoción haya vuelto a cambiar y te diga una cosa diferente.
Es como cuando te levantas de la cama desoyendo la súplica de los “cinco minutos más”. Llegas al baño, te miras al espejo y te dices orgulloso: ¡Lo conseguí!
Sumemos unas cuantas decisiones de estas hoy. A ver qué nos dicen las emociones después de hacer lo que nos conviene. ¿Hacemos la prueba?
Conclusiones
- Muchas veces tomamos decisiones llevados por la emoción del momento. Algunas, malas.
- Cuando la emoción es muy intensa, las probabilidades de equivocarse aumentan. Mejor, decidir ya que se recupere la calma.
- Las emociones son cambiantes. No siempre aciertan.
- Presta atención a las pequeñas decisiones cotidianas. En esas, trata de sumar más aciertos que errores.
Espero que te sirva. Gracias por leer.
Imagen de Kiran K.
