Este es uno de los consejos que más se repite en las entradas de este blog: háblate como a un amigo. Y es tan fácil de explicar como difícil de practicar.
Se tarda muy poco en explicarlo.
¿Cómo les hablas a tus amigos?
¿Eres un buen amigo? ¿Qué le dices a un amigo tuyo cuando se equivoca o cuando va más despacio de lo habitual en el camino que elige?
- Tu amigo se apuntó a un curso y es de los más rezagados de su clase.
- O decidió no fumar más y, después de un mes sin hacerlo, tropieza con un cigarrillo.
- Tal vez decidió comer sano. Con algunos errores en su dieta, ya que tú lo ves más voluminoso cada día.
- Quizás se apuntó a un gimnasio y dejó de ir al tercer día.
- O abrió su negocio y le va de pena…
¿Qué palabras le dedicas?
- Eres tonto para dejártelo de sobra.
- No tienes fuerza de voluntad. ¡Flojo!
- Estás hecho un tonel y así te vas a quedar.
- Sabía que no ibas a aguantar ni una semana.
- ¡Qué idiota! ¿Cómo querías tener éxito con esa pamplina?

Seguramente no hablas así a tus amigos, porque son personas a quienes aprecias y no quieres añadir una molestia más a lo que estén sufriendo.
Si acaso, quieres quitarles penurias y aligerarles la carga, ¿no? Pues, ahí está el punto.
Háblate como a un amigo
Tengamos en cuenta esta definición de “amistad”, según la RAE:
Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.
Teniendo en cuenta la definición, no parece que esas frases terribles del inicio tengan que ver con la amistad. Son bastante desagradables, más propias de un enemigo.
Vamos a suponer que tú, que quieres a tu amigo, tratas de animarlo en lugar de hundirlo más. Y, si acaso le haces una crítica, es constructiva y respetuosa.
Entonces, si no lo haces con un amigo, ¿por qué contigo sí?:
- ¿Por qué hablas mal de ti?
- ¿Qué necesidad hay de faltarte al respeto?
- ¿Por qué eres tu crítico más implacable?
Si es el caso, intenta darte cuenta de cuándo te dices esas lindezas y para. Calla a esa voz interior. Prescinde de esa basura.
Por supuesto, esto no excluye las ocasiones en las que reconozcas tus errores y todo lo que hagas mal.
Porque los amigos también nos dan su opinión sincera cuando creen que nos estamos equivocando. El que nos da la razón siempre, la tengamos o no, no es un buen amigo.
Tú sabes a qué me refiero cuando hablo de un «amigo».
Cuando falles, cuando caigas, háblate como a un amigo. Después de todo, la relación que mantienes contigo mismo es la más larga de tu vida. ¿Para qué quieres llevar a un enemigo dentro?



