El autoengaño (mentirse a uno mismo) es un fenómeno psicológico común que se basa en distorsionar la realidad para evitar enfrentarnos a verdades indeseables.
En este artículo descubrirás por qué sucede, cómo te afecta y, por último, cómo salir de la mentira.
Y es que, aunque engañarse uno mismo parece intrascendente, puede ocasionarnos más mal que bien.
Estudiemos el asunto.
¿Qué es el autoengaño?

El autoengaño consiste en mentirse a uno mismo para aceptar una historia que es falsa, dejando a un lado la incómoda realidad.
La persona no siempre es consciente de este proceso. A diferencia de mentirle a los demás, el autoengaño puede actuar como un mecanismo silencioso, imperceptible hasta para nosotros mismos.
Surge en situaciones donde enfrentar la verdad resulta incómodo o doloroso.
Por ejemplo, al pensar que una decisión equivocada fue correcta, solo para evitar sentir la vergüenza de fracasar.
El cerebro se adapta, convirtiendo las mentiras en “verdades” personales.
Este fenómeno supone la distorsión de ciertas ideas o emociones para hacerlas más soportables.
Y esto va a suponer que incluso se nieguen o se ignoren pruebas que estén en contra de lo que uno se esfuerza por creer.

Otro ejemplo:
Vienen a contarme que ese grupo en el que yo me siento tan aceptada y querida es una organización peligrosa, una secta.
Obviamente, me niego a creer tal cosa.
Y aunque me presenten documentos, fotos, vídeos y otras pruebas certificadas ante notario, me resistiré a creer una verdad incómoda para mí. Al menos, de entrada.
Con lo que me quedaré en la «verdad» que he construido, porque me resulta mucho más deseable que la verdad real.
Hay veces en las que la realidad puede resultar muy dura, triste, dolorosa… Y mentirnos a nosotros mismos nos salva de tener que enfrentarla.
Causas comunes del autoengaño

Como hemos dicho, el autoengaño surge cuando tratamos de evitar verdades incómodas.
A menudo, funciona como un escudo para protegernos de emociones difíciles o de cambios que nos asustan.
Miedo al cambio
El miedo al cambio nos inmoviliza.
Muchas veces, preferimos aferrarnos a una realidad falsa antes que enfrentar lo desconocido.
Este miedo actúa como un mecanismo de defensa. Nos convence de que nuestra decisión actual es la correcta, aunque no sea lo mejor para nosotros.
Nos mentimos a nosotros mismos para evitar el malestar que supondría arriesgarse a cambiar.
Por ejemplo:
Imagínate que soy una fumadora empedernida. Y tú llegas, con todas las pruebas necesarias para convencerme de que deje de fumar, porque es nefasto para la salud.
En el fondo, yo sé que tienes razón. Pero, como me da miedo enfrentarme al cambio, con la incomodidad y la posibilidad de fracaso que suponen, intentaré aferrarme a mi realidad conocida.

Y te diré cosas como:
- De algo hay que morirse.
- Mi tío-abuelo fumaba como un carretero y vivió hasta los 90 años.
- Fumar me relaja. Me quita el estrés, que también es malo para la salud.
Ahora, deja de imaginártelo. Porque esto pasó de verdad.
Yo fui fumadora durante muchos años. Y, como intenté dejarlo varias veces sin conseguirlo, prefería quitarle importancia cuando me recordaban lo malo que es fumar.
Afortunadamente, logré quitarme la venda de los ojos. Y, con ella, todas las excusas a las que me aferraba para seguir fumando. Pero tardé un tiempo en hacerlo.
Este tipo de autoengaño puede sentirse como una protección temporal. Porque te mantiene a salvo de lo que no quieres enfrentar.
Pero, a la larga, es perjudicial. Lo puedes ver con mi adicción al tabaco.
El problema es cuando tardamos en verlo.
¿Qué hay de esas veces en las que no nos damos cuenta de que nuestras creencias nos mantienen atrapados en una mentira?
Evitar el malestar emocional
Evitar el malestar emocional es otra razón (mala) para mentirse a uno mismo.
Pues sí. Muchas veces, el autoengaño se da en aquellas situaciones donde enfrentar la realidad resulta doloroso.
Por ejemplo, ¿qué tal si a tu alrededor hay personas que te alertan de que tu nueva pareja está saliendo con otra gente?
Bueno está que alguien, por envidia, intente cargarse tu relación. Pero tienes a personas en las que confías sosteniendo una misma realidad, en contra de lo que dice tu «santo» novio.
Sí, ese al que tú prefieres creer, aunque haya algo que en el fondo te chirríe. Da igual. Haces como que esa molestia no existe.
Lo apuestas todo a la palabra de tu novio, porque prefieres creer que te ama solo a ti y que tu relación va sobre ruedas.
En este caso, también se ve que el autoengaño resulta útil para evitar el malestar de asumir la realidad.
¿Otro ejemplo no sentimental?
Supongamos que me preparo a conciencia para conseguir un ascenso en el trabajo. Somos varios aspirantes. Y, a la hora de la verdad, le dan el ascenso a otro.
¿Cómo puedo yo proteger mi pobre ego?

Pues contándome una historia menos dolorosa que la de que hayan preferido ascender a otra persona, en lugar de a mí.
Me puedo contar a mí misma:
- que el fulano al que han ascendido se ha ganado el puesto haciéndole la pelota al jefe,
- que no me esforcé todo lo posible en el proceso de elección, porque estaba pendiente de otros menesteres más importantes en ese momento
- o que, después de todo, ¿para qué quiero yo un ascenso? ¿Para tener más estrés? Lo pensé mejor a última hora y decidí que no quería tal responsabilidad.
¿Ves? Todas esas son maneras de evitar el malestar emocional.
La realidad es que lo eligieron a él porque estaba mejor cualificado que yo. Pero esa píldora es difícil de tragar.
Prefiero inventarme otra cosa, aun sin ser del todo consciente de lo que estoy fabricando, para mantener una ilusión de control y proteger mi autoestima.
Eso, a costa de no querer ver la realidad como es.
Consecuencias de mentirse a uno mismo

Engañarse a uno mismo puede convertirse en un hábito que causa daño a la larga.
Qué pena que a veces no nos demos cuenta de cuándo nos estamos mintiendo a nosotros mismos. Y, menos todavía, de las consecuencias que va a tener tal cosa.
Impacto del autoengaño en la autoestima
Mentirse a sí mismo erosiona la autoestima. Y, lo contrario, admitir los errores, las propias limitaciones y la realidad que no nos gusta, la fortalece.
Hace falta mucho valor para aceptar la realidad como es.
A alguien le puede parece que todo esto es peccata minuta:
- buscar excusas para hacer lo que no quiero (siendo falsas),
- intentar culpar a otro de mis fallos (siendo yo la responsable)
- o negar que me importa un rechazo (cuando sí me importa).
Parecen mentiras que no hacen daño. Y, además, me protegen de una realidad antipática.
Pero, ¿qué ocurrirá ese día en el que me mire al espejo y aparezca el destello de la verdad?
Ese día, tal vez me dé cuenta de que no he dicho la verdad. No me la he dicho a mí misma. Y eso es grave.
Una mentirijilla ocasional, vale, no va a ningún sitio.
Pero, si acostumbro a hacerlo continuamente para proteger mi autoestima, estoy haciendo lo contrario: herir mi autoestima.
Porque la persona que tengo más cerca (yo misma) no es de fiar.
Deterioro de relaciones personales

Si una persona se miente a sí misma, también puede mentir a los demás para mantener su relato.
Ya convencida de su versión de la realidad, esparcirá sus creencias, esforzándose para que otros crean lo mismo. Y, si creen su versión, eso le servirá para estar más convencida todavía.
Por ejemplo, si yo te cuento que me da igual que no me hayan dado el ascenso en el trabajo, porque estoy pendiente de otros asuntos (siendo mentira), tú puedes creerme.
Y eso me ayudará a convencerme más a mí misma de que te estoy diciendo la «verdad».
Pero, tú ya sabes lo que pasa con las mentiras: una lleva a la siguiente.
Tarde o temprano, las personas con quienes me relaciono van a darse cuenta de que estoy haciendo «un papel».
Y, si las mentiras que cuento para proteger mi ego, suponen que no comparta mis verdaderos sentimientos o incluso que llegue a hablar mal de otras personas para salvaguardar mi imagen, el nudo de mentiras no me llevará a buen puerto.
Tenemos que pensar que las relaciones se construyen y se deterioran a diario con pequeños hábitos que practicamos en la convivencia.
Y las mentiras son elementos que deterioran las relaciones.
¿Qué cosas buenas tiene engañarse uno mismo?

A ver, si el autoengaño fuese totalmente malo, ninguno de nosotros lo practicaría. Y, a lo largo de la vida, casi todos caemos en él.
Eso quiere decir que algo «bueno» tiene. Y la principal «ventaja» ya la hemos visto:
Evita enfrentarse de cara con una verdad indeseable, temporalmente.
Esta es la parte «mala», porque la verdad sale a la luz, tarde o temprano. Y, la realidad que no queremos mirar hoy, tendremos que mirarla mañana.
Pero hay una situación especial en la que mucha gente usa el autoengaño y, a veces, le sale bien: tomar confianza en uno mismo cuando está ante una prueba difícil.
Imagínate que, en el ejemplo del ascenso laboral, cuando me están haciendo la entrevista, exagero un poquito mis virtudes profesionales: mis años de experiencia, mi capacitación, mis títulos…
¡Ahí! Inflando el currículum. Di que sí.

Llego a estar totalmente convencida de que soy el mejor fichaje… Y no solo me dan el ascenso, sino que empiezo a actuar como una diva ejecutiva, creyéndome mi propio papel y llegando a ser excepcional en mi trabajo.
Efectivamente, un poquitín de autoengaño puede ayudarte a lograr ciertos objetivos.
Claro que, para que funcione, no puedo estar muy desconectada de la realidad.
Tengo que estar cerca de ser muy buena en mi trabajo, para exagerar un poquito. No me servirá de nada autoengañarme fingiendo que soy lo mejor, cuando lo que resalta de mí es una incompetencia pasmosa.
Experiencia personal con el autoengaño
Este apartado te lo puedes saltar, porque yo no soy especialista en salud mental ni guía espiritual.
Pero, como cualquier persona, tengo experiencias con el autoengaño. Y no son felices.
Como te he dicho antes, el ejemplo de negar que la adicción al tabaco sea horrible para la salud, fue una mentira que me conté a mí misma durante años.
Me mantuvo pegada en una situación insalubre por más tiempo del que hubiese querido.
También me he equivocado en relaciones personales, negándome a ver situaciones en las que me estaban usando.
Prefería la dulce mentira de ser importante en la vida de alguien a la amarga realidad de ser un peón en el tablero de una persona que me iba a descartar en la siguiente jugada.
Esas situaciones y otras más, me enseñaron que a la realidad hay que mirarla a la cara, aun cuando duela. Porque, con el autoengaño, lo que compras es solo un poco de tiempo.

En cambio, estoy un poquito arrepentida de no haber intentado sugestionarme de lo capaz y talentosa que soy para alcanzar una meta que se pusiera al tiro.
Ya, ya… No soy la gran cosa. Y no puedo fingir que lo soy. Pero hoy veo a distancia que, en ciertas ocasiones, hubiera estado bien exagerar un pelín.
Porque la confianza en ti mismo, aun sin tener todas las pruebas en la mano, te pone en una buena posición para hacer cosas que después confirmen que eres un buen fichaje.
Dicho esto, aun teniendo lo último en cuenta, el balance sale negativo.
Creo que es preferible intentar ver la realidad tal y como es, aunque cueste. (A menos que me esté engañando a mí misma con esta idea.)
Estrategias para evitar mentirnos a nosotros mismos

No siempre la persona es consciente de que se está mintiendo a sí misma, por lo que este sesgo a favor de las creencias confortables es difícil de romper.
Un primer paso para hacerlo sería aceptar que todos nos mentimos alguna vez. Ni tú ni yo estamos a salvo de caer en ese error.
Y lo segundo sería aprender a desconfiar de esas historias internas que suenan “demasiado bonitas para ser verdad”.
Exploremos algunas estrategias para llevar esto a cabo.
Cómo explorar la realidad esquivando los espejismos
Tenemos varias opciones que nos ayudan. A ver qué te parecen estas:
- Aceptar el sesgo. Esto va a suponer admitir que somos falibles interpretando la realidad. En este caso, coloreándola para no sufrir de más.
- Convencernos de que preferimos ver la realidad como es, sin mentiras consoladoras que después nos pasen factura.
- Mirar atrás y ser capaces de identificar nuestros autoengaños del pasado. (No necesitas publicarlo en un blog como yo. Pero sí hará falta un autoexamen.)
- Observar los efectos que han tenido esas mentirijillas a posteriori, incluyendo en nuestra autoestima y en nuestras relaciones personales.
- Hablar con personas de confianza para ayudarnos mutuamente. Muchas veces somos más hábiles identificando los errores de otro, porque los vemos desde afuera.
- Tener estas conversaciones con frecuencia: tanto con nosotros mismos, como con amigos de confianza, para prevenir el autoengaño en la medida de lo posible.
Un instrumento útil es el diario personal. Así, si no sabes por dónde empezar, ese es un buen aliado para esclarecer tus pensamientos.

Escribe sobre lo que te preocupa, sobre lo que sientes… Y será más fácil que puedas identificar errores. Sobre todo, si lo dejas reposar y vuelves al cabo de unos días a leer lo que has escrito.
Pruébalo. Daño no te hará.
Pero, si ves que no puedes aclararte y te hallas envuelto en una maraña de confusión que te dificulta la vida, no descartes acudir a un profesional de la salud mental para que te eche un cable.
Pero ve a uno serio, acreditado y con buenas referencias. Evita a los gurús espirituales, por muy psicólogos que sean. Porque estos hacen su negocio confundiéndote más.
Triste, pero real. ¿Para qué engañarnos?
Conclusiones
- El autoengaño consiste en negar la realidad para evitar emociones dolorosas o verdades incómodas. Es un mecanismo de defensa común.
- Mentirse a uno mismo afecta de manera negativa la autoestima y las relaciones con otras personas.
- Aceptar que todos somos capaces de inventarnos una historia más confortable que la realidad, es el primer paso para superar este sesgo cognitivo.
- Examinar a menudo nuestras ideas y creencias es de ayuda para cazar las mentiras que nos decimos a nosotros mismos.
- En la medida de lo posible, hemos de aprender a mirar la realidad a la cara, sin miedos, para poder trabajar con ella.
¡Ay! Lo último va a suponer empeño.
Porque el confort que la mentira puede ofrecer es más apetecible que la cruda realidad.
Pero es afrontando esta última como cultivamos el valor, la honestidad… Y todos esos valores admirables.



