A continuación hablamos de la importancia de la paciencia para resolver problemas cotidianos.
Porque hay molestias que, vistas a distancia, no son para tanto. Pero, en el momento en que se producen, nos pueden sacar de nuestras casillas. Y no es plan, ¿verdad?
El problema que desata el estrés
Los problemas son situaciones incómodas. Por eso suspiramos de alivio cuando nos quitamos de en medio los que nos agobian o nos incomodan.
De hecho, muchos problemas nos demandan una actuación rápida. Tengamos o no claro lo que hay que hacer, reaccionamos como un resorte:
— ¡Esto hay que arreglarlo YA!
Pero hay otros problemas que no exigen tanta premura ni descoloque.
¿Para qué acelerarse, entonces? ¿Para qué multiplicar el riesgo de cometer errores?
De esas preguntas nace nuestro homenaje a la paciencia de hoy, como ingrediente utilísimo a la hora de afrontar las más variadas contrariedades.

Los engorros diarios entrenan tu paciencia
Te contaré una anécdota (aunque seguro que tú conoces docenas como ésta).
Un día encendí el ordenador para trabajar y observé que no se conectaba a Internet. Qué horror… Con el atraso de trabajo que llevaba encima…
Me puse de los nervios pensando que el router se había desconfigurado. Lo revisé… y nada. Lo reconfiguré… y nada. Lo reinstalé… y nada. ¡Más de 2 horas se me fueron en todo eso!
¿Y sabes cuál era el problema? Que no llegaba la señal, porque la compañía que me provee el servicio andaría haciendo algún ajuste.
¡Porras! ¿Cómo no me fijé antes?
En un rato había vuelto mi conexión a Internet. Toda mi preocupación y el tiempo que dediqué a configurar el router fueron en vano.
Mi impaciencia hizo…
- Que hiciera un mal diagnóstico del problema.
- Que me estresara a raíz de lo que yo pensaba que estaba mal.
- Y que perdiera el tiempo, cuando podría haber estado dedicándome a otra cosa.
¿A que tú también has aprendido de estos problemas?
Este tipo de vivencias no son inútiles, porque se aprende bastante de ellas.
- Se aprende que los problemas se afrontan mejor con calma, cuando nos tomamos el tiempo necesario para saber qué es exactamente lo que no funciona.
- Que, cuando nos precipitamos, corremos el riesgo de no hacer un diagnóstico correcto de la situación.
- Que, aun cuando lo hayamos hecho, la probabilidad de cometer errores aumenta, al ir acelerados, nerviosos…
- Y que hay algunas ocasiones en las que basta con esperar un poco para que las aguas vayan volviendo a su cauce.
Ya. Es cierto. La mayoría de los problemas no se resuelven solos.
Pero, si los dejamos reposar y nos distanciamos un poco para tener los nervios bajo control (aunque sean apenas unos minutos), somos capaces de abordarlos con más eficiencia.
Por eso, basta ya de preocupaciones exageradas e inútiles por diagnósticos incorrectos de lo que va mal. Basta de lanzarse a dar cabezazos en el muro hasta derribarlo. Respiremos con calma.
Hay otras razones, otros modos, otras soluciones… Que la paciencia no nos abandone para que podamos descubrirlos y ponerlos en marcha.



