Motivación intrínseca para momentos difíciles

Cuando nace de ti el gusto por hacer algo, hablamos de motivación intrínseca. Y hoy la vamos a contemplar cuando se viste «de trapillo», sin los colores vibrantes del entusiasmo.

¿Te suena esa energía que experimentas cuando estás bajo de moral y algo, que viene de dentro, trata de levantarte? Pues en ese punto estamos.

Motivación intrínseca desde el fango

¿Has visto alguna vez vídeos motivacionales para salir de un bajón o, simplemente, para darte un poco de ánimos ante una realidad poco chispeante?

No te voy a poner uno aquí, porque enganchan de lo lindo y nos podemos quedar un buen rato escuchando música épica y viendo rostros con cara de epopeya. 😉

En realidad, no siempre hay que pedir que la motivación sea explosiva. No todo empieza con fuegos artificiales.

Una pequeña planta brotando en una maceta, iluminada por una luz cálida. Representa la motivación intrínseca que nace en los momentos difíciles.

A veces, lo que te empuja no es la ilusión ni el alegre entusiasmo, sino la necesidad de no hundirte más en este día. El empeño de seguir respirando y de mantenerte en pie, sin importarte que alguien lo note o no.

Ese tipo de impulso silencioso es motivación intrínseca. Exacto. Que nadie nos venga a decir que, por modesta, no vale tanto como la que más.

Porque, aunque no nos lleve en volandas hasta una victoria apoteósica, nos ayuda a no caer. Es motivación de supervivencia. Y eso es justo lo que a veces necesitamos.

Vamos a reconocer el valor de la motivación que no viene con premios, ni aplausos ni «me gusta». La motivación del éxito discreto. La motivación del que se sacude el polvo cuando lo rechazan.

O esa que aparece cuando decides levantarte esta mañana y seguir haciendo lo tuyo, aunque los resultados tarden en llegar.

Da igual si se trata de un hobby que nadie entiende, de un hábito saludable o de una acción que otro vería como insignificante.

El valor de las pequeñas acciones que te mantienen a flote

Tú lo has notado. Y yo, también: el deseo interno de hacer algo porque te importa.

Bien te gusta. Bien te libera. O bien notas que con ello estás haciendo el trabajo que la buena suerte se resiste a hacer en tu vida.

Déjala. Ya vendrá, si quiere. Mientras tanto, ahí estás tú haciendo esa pequeña obra que hoy es importante.

No porque te paguen, ni porque esperes un reconocimiento, sino porque esa acción tiene un valor para ti.

¿Es pequeño? ¿Nadie le da importancia? Es posible. Pero tú sabes que está ahí.

Puede ser el gusto de cuidar tus plantas. Escribir algo solo para entenderte mejor. Salir a caminar porque el aire fresco te aclara la mente. Estudiar un tema porque te pica la curiosidad.

Es una acción pequeña, tal vez intrascendente. Pero hoy te sostiene y tú lo notas.

¿Cómo? ¿No lo notas?

¡Uy! Quizás hayas prestado más atención a la marejada de dificultades que te envuelven, que a esas acciones discretas a las que sueles acudir para mantenerte a flote.

¿Por qué no las miras con atención? Pongámoslas en el lugar donde se merecen.

A días, yo estoy tan hecha polvo, que no sé por dónde continuar. Son demasiados problemas y me siento agotada para tirar con ellos.

Pero, de repente, surge esa modesta motivación intrínseca, que me saca un rato a respirar a la calle o a escribir cuatro cositas por aquí.

Como te digo, son pequeñas acciones, que no se nota que cambien nada, pero importan. Y lo mismo que yo he encontrado las mías, tú puedes encontrar las tuyas.

Hay etapas en las que nada externo alcanza. O en las que impera el desorden, la incomodidad, el estrés.

Etapas en las que no hay dinero, ni trabajo estable, ni apoyo visible. Etapas en las que la salud flojea. O etapas duras, en general. Si nos ponemos a hacer un catálogo de dificultades, podemos armar un mamotreto de los buenos.

El caso es que en esas etapas solo estás tú, con tu cansancio y tu incertidumbre, tirando hacia delante como puedes.

Bueno, tal vez te acompañen algunas personas de confianza. Pero la papeleta de darle un norte a tu vida, esa no te la quita nadie. Es toda tuya.

Y ahí es cuando la motivación intrínseca no es un lujo, ni una opción para los que llevan una vida tranquila. Es una tabla de salvación.

No te saca volando de la crisis. Pero te permite dar el siguiente paso. Y eso, cuando estás cansado o sobrepasado por las dificultades, es mucho.

Haz esa pequeña cosa que te sostiene

A veces pensamos que no tenemos motivación. Y menos todavía si empezamos a ponerle nombrajos como «motivación intrínseca». ¡Anda ya!

Pero, sí. Puede estar por ahí, como cuando pierdes un documento y pones la casa patas arriba, pero al final lo encuentras.

Si observas con calma, verás ciertas señales.

Como aquella vez que cocinaste algo que te recordaba a tu infancia.

O cuando te esforzaste por entender un tema solo porque te daba rabia no comprenderlo.

O como cuando diste un paseo más largo, solo porque los pies te pedían seguir moviéndose.

O ese momento en que ayudaste a alguien sin que te lo pidieran.

En ese momento, tu acción no buscaba recompensa. Era tu voz interior diciendo:

Esto sí vale la pena.

Y la valió. Porque te reconcilió con el mundo, contigo mismo y te mantuvo en pie.

Persona caminando sola por un sendero dorado al amanecer, símbolo del camino interior.

La motivación no es solo para los que están inspirados. También es para quienes están agotados, pero siguen. Para quienes luchan un día más y no quieren rendirse. Hoy no.

Así que, sea lo que sea lo que te mantiene en pie, hazlo hoy. No estarás solo en esa pequeña acción que te pide el cuerpo.

Seremos muchos los que andaremos con la motivación «de trapillo», haciendo cosas que al resto del mundo le pueden importar un bledo.

Da igual. Para nosotros sí tienen valor.

Por cierto, si te interesa el tema, por aquí hay una entrada que habla de las diferencias entre motivación intrínseca y extrínseca. Y, sobre todo, ayuda a elegir la buena para la ocasión. 😀

Estudió y trabajó en Educación Especial. Desde 2010 escribe sobre desarrollo personal en esta página.