Hablemos una vez más de propósitos; de esas buenas intenciones que nacen de la ilusión de ver un cambio positivo en nuestras vidas y, en ocasiones, son olvidadas al poco tiempo.
Para evitar que nos pase, ya comentamos alguna vez la importancia de ser muy específicos con las metas que nos ponemos.
Por ejemplo: En lugar de proponerse perder peso (así, en general) es mejor plantearse perder 2 kilos en un mes. Y acompañarlo con un plan de acción.
Con objetivos bien formulados y estructurados, es más fácil comprometerse y seguir adelante que con un puñado de buenas intenciones.
Teniendo eso en cuenta, vamos a añadir algunas ideas que nos dejó Ali Luke en Dumb Little Man. Estas nos pueden hacer más fácil el camino.

1. No abordes todos los propósitos a la vez
En el caso de que te propongas muchos cambios, no trabajes en todos al mismo tiempo. Ya sabes: «El que mucho abarca, poco aprieta.«
Elige una o dos metas como mucho. Céntrate en ellas y, después, sigues con el resto.
2. Comparte tus metas con el mundo
Si tienes a alguien cerca que va a ser un apoyo para ese cambio que planeas, comparte tu objetivo con esa persona (o personas). Además, eso te comprometerá más con tu palabra.
¿Quién dice «cerca»? También puedes compartir tu causa con tus conocidos de Internet, si te apetece.
Depende de cómo te sientas al hacerlo. Si va a ser motivador para ti, adelante. Si crees que es una presión innecesaria, no lo compartas.
3. Registra tus progresos
Registrar tu evolución en un diario (u otro soporte) sirve para ver cómo vas evolucionando, para animarte viendo ese avance y, por supuesto, para detectar pautas, errores o situaciones que influyen en cómo vas avanzando. Toda esa información es muy útil.
Hazte de un instrumento para hacer el registro. Cuanto más simple y sencillo, mejor. Y sé constante anotando los datos.
4. Construye hábitos nuevos usando hábitos ya consolidados
Este es un buen truco. Si tu objetivo supone que realices una serie de acciones periódicamente (leer, meditar, ejercitarte, etc.), procura ligar el nuevo hábito a uno que ya esté establecido.
La ventaja es que el hábito «viejo» actúa de recordatorio para el «nuevo». Así, es más difícil que se te olvide o lo pospongas.
¡Ah! Es recomendable que sea lo más pequeñito posible.
Ejemplos:
- Hacer flexiones durante un minuto justo antes de irte a la ducha por la mañana.
- Leer diez minutos antes de apagar la luz para dormir.
Ya que el nuevo hábito esté instalado en tu rutina diaria, cuesta menos esfuerzo dedicarle progresivamente más minutos.
5. No pierdas de vista las razones
Cuando llevas trabajando un tiempo en un objetivo a largo plazo, ves el trabajo diario, el esfuerzo que realizas y, quizás, tengas la sensación de que todo eso no se refleja en los resultados.
No te hundas. Recuérdate frecuentemente por qué te hiciste ese propósito. El esfuerzo ¡vale la pena!
6. Disfruta, siempre que puedas
Si puedes, disfruta del proceso: De lo que vas avanzando, de lo que vas aprendiendo, de la variedad…
Por ejemplo:
- Si quieres comer sano, hay muchos alimentos que puedes probar y combinar.
- Si te propones hacer ejercicio regularmente, puedes pasarlo bien con muchas actividades.
- Si te has propuesto leer más, ni se diga lo que puedes descubrir.
7. Deshazte del «todo o nada»
El «todo o nada» hace mucho daño cuando estamos intentando cambiar algo para lograr nuestro propósito. Fallar un día, un sólo día, puede desmotivarnos y hacer que mandemos nuestra meta a la porra.
Pero, ¿por qué? No es necesario hacerlo perfecto cada día, el 100% de las ocasiones. Eso es puro perfeccionismo.
Cualquiera tiene un fallo y no podemos dejar que ése tire nuestro trabajo por la borda y nos quite la ilusión de llegar a la meta.
Ojalá que esto nos inspire a todos y nos dé un buen chute de entusiasmo para seguir luchando por lo que nos hemos propuesto.
Sigamos adelante.


