Hablemos de la envidia sana. O, más bien, de cómo darle un giro a la envidia y transformarla en algo positivo.
¿Listo para la maniobra? Primero, hemos de situarnos.
La persona envidiosa se siente mal consigo misma cuando ve en otro lo que a él/ella le gustaría tener o hacer.
Ese sentimiento puede desembocar en estados poco agradables: estrés, depresión, gastos tontos de tiempo o de dinero, acciones poco edificantes en contra del envidiado, entre otros.
La envidia es un sentimiento antipático. No nos gusta, porque sabemos que sus consecuencias pueden ser destructivas. Pero esa antipatía, por sí sola, no nos libra de sentir envidia alguna vez.
¿Verde esperanza? No, verde envidia
La envidia suele ir ligada a la competición. Por tanto, afecta más cuando te comparas con los que juegan en tu misma liga.
Si Pepe Anónimo consigue la hazaña de su vida, a lo mejor te da un poco de pelusilla cuando te enteras. Poca cosa. Te afecta más que al Pepe que trabaja en la misma empresa que tú consiga un ascenso cuando, supuestamente, los dos tenéis una cualificación parecida.
Salta la alarma. La emoción se activa automáticamente, sin que lo puedas evitar en este caso: Tú querías ese ascenso y lo tiene otro.

Como lo que sientes es desagradable y, además, tiene una reputación horrenda, no vas por ahí diciendo: ¡Qué envidia me da Pepe!
Es más, incluso puede que intentes ocultarte lo que sientes a ti mismo con unas cuantas maniobras:
Qué injusto. ¿Cómo le dan el puesto a él, habiendo gente mejor preparada? Vamos a ver cuando le toque hacer… (tal cosa). Quedará en evidencia que no se merece el ascenso.
A partir de ahí, ya estás pegándote un tiro en el pie. Y lo empeoras si esos pensamientos se concretan en acciones poco edificantes. Por ejemplo, una actitud hostil hacia Pepe, críticas, cotilleos sobre su persona, etc.
Ahí está el sentimiento. ¿Cómo lo manejas?
La envidia no tiene porqué desembocar necesariamente en daño o en amargura. Es un sentimiento del que se derivarán conclusiones o acciones que se pueden elegir. Si no todas, unas cuantas.

Empecemos por reconocer que no vamos a poder evitar todas las ocasiones en las que sentimos envidia. Esta surge, como un chispazo, para llamar la atención sobre algo que nos interesa. Esa es su función.
La envidia te ayuda a conocerte
Envidias lo que ves en otros y esto es una importante fuente de autoconocimiento.
A veces no puedes saber que te gustaría conducir el coche X, si no lo ves con tus propios ojos.
Lo del coche es muy simple, pero sirve para todo lo demás. Miras a alguien trabajando en algo o practicando una actividad divertida y sientes que te apetece hacer lo mismo.
Puede que nunca lo hubieses sabido, si no lo hubieras observado en alguien.
La envidia (puedes llamarla «blanca»), en este caso, es útil para que tú conozcas más sobre ti mismo (sobre lo que te gusta y lo que deseas hacer). Y también para que te plantees principios, prioridades y objetivos nuevos.
Pero el punto que nos concierne es otro: qué hacer cuando se produce el chispazo, para que no nos perjudique ni a nosotros, ni a los demás.
Volvamos al ejemplo de Pepe, el recién ascendido. La noticia produce en ti el chispazo. Eso no lo puedes evitar. Lo que sí puedes es hacer una lectura distinta de la situación.
1) Aceptando lo que no te gusta.
Sí, te afecta que hayan ascendido a Pepe y a ti no. Es lo que hay.
2) Recordando tus puntos fuertes.
En lugar de rebajar a Pepe para sentirte mejor, deja a Pepe fuera de la jugada. Piensa en:
- tus últimos logros,
- en los proyectos que has sacado adelante,
- en cómo te has preparado,
- o en lo que puedes y quieres hacer.
Cosas de ese tipo.
La idea es que esos pensamientos actúen de cortafuegos, para evitar que el chispazo inicial llegue muy lejos.
Porque a Pepe lo podrías perjudicar con cotilleos, críticas o caras largas. Pero, si no paras el chispazo, tú también pierdes. Por lo mal que te sientes y, además, porque dejas de aprender de Pepe.
Eso es importante. Si dejas que la envidia se descontrole, cualquier cosa que haga Pepe te molestará. Ten la envidia bajo control. Y así podrás ver las buenas ideas que tiene Pepe y cómo se desenvuelve.
Más opciones…
En muchas ocasiones, podemos desmontar la envidia. Por ejemplo, informándonos mejor sobre la cara oculta de lo que envidiamos. O aprendiendo a valorar lo que somos, tenemos o hacemos. Y, lo mismo que llegó, la envidia se desvanece.
En otras ocasiones, podemos transformar la envidia en admiración. De este modo, rentabilizamos la atención que hemos puesto en el envidiado, dejándonos inspirar por él/ella.
Y, de esas ocasiones, pueden surgir cambios positivos. Cambios que, gracias a la incómoda envidia, supondrán un beneficio para nosotros.
Digamos que en ese caso es envidia sana, ya que le damos la vuelta al sentimiento desagradable para encauzarlo hacia acciones beneficiosas.
De la envidia que carcome a la envidia sana (con varias comillas)
Veamos ejemplos de situaciones que se prestan a este viraje.
¡Yo también puedo!
➜ Cuando estás apático o te has instalado en la complacencia. Preferirías una motivación más agradable, pero tienes esa: la de ver que otros “viven”, mientras tú ves la vida pasar.
Lo que sientes no es bonito. Pero podría sacudirte el muermo. Podría ponerte en marcha y raro sería que lo que emprendas sea peor opción que la de quedarte estancado.
➜ Cuando abres los ojos a una oportunidad que jamás habrías considerado por tu cuenta. De repente, se posa ante ti con otra persona protagonizándola.
Estudias la situación. Decides que hay más pros que contras si tú te atrevieras a hacer algo parecido. Y exprimes tu creatividad para moverte en esa dirección.
➜ Cuando ves a otros superando obstáculos que tú considerabas insalvables. En algún momento, descartaste un objetivo u actividad porque creíste que no podrías avanzar dadas tus limitaciones (tu edad, tu sexo, tu nivel socioeconómico… u otras).
Un buen día, ves a otra persona venciendo limitaciones similares. Suficiente, para que rescates tus antiguas ganas y comiences a pensar que tú también podrías hacerlo. ¿Por qué no?
➜ Cuando ves que otros hacen eso mismo que tú tenías aparcado para “algún día”. Procrastinabas con un hábito o con una acción. Y ves que en tu círculo hay gente puesta a ello.
¿Es hacer ejercicio? ¿Dejar de fumar? ¿Aprender a cocinar? La incómoda envidia, por los buenos resultados que están obteniendo otros, hace que tú decidas lanzarte de una vez.
¿Y si no te sirve?
Para que la envidia sea sana (impulsora de cambios positivos), has de reconocerla y aceptarla en primer lugar. Y, después, has de evaluar si te conviene aprovechar esa motivación… o no.
Porque habrá situaciones en las que la envidia, por mucho que te motive, no te convenga. Echa un vistazo a las redes sociales, por ejemplo.
Hay personas que viven experiencias muy apetecibles en apariencia. Tal vez, tras ese escaparate haya una realidad que no es tan apetecible.
Y hay personas que hacen cosas muy interesantes (o dicen que las hacen). Pero quizás no cuadren en este momento contigo y con tus prioridades.
Por ello es conveniente que analices la situación. Si decides que, por mucho que te seduzca un proyecto, no te beneficia en este momento, aparca la envidia y enfócate en tus intereses.
