Alegrarse con las desgracias ajenas

El ser humano es muy capaz de alegrarse por las desgracias ajenas y lo hace a menudo.

Esa alegría oscura, que vamos a observar en esta entrada, se conoce con el nombre alemán schadenfreude.

Y, aunque te parezca una emoción siniestra, de baja altura moral, vamos a ver que forma parte de nuestra vida cotidiana.

A veces nos vamos a alegrar de que a otro le vaya mal, sin que ello signifique que somos mala gente.

Qué es la schadenfreude

persona se abochorna en público

¿Schaden-QUÉ? A mí que me registren.

Lo siento, querida Casandra. Nadie se salva de haber experimentado alguna vez cierta alegría o satisfacción ante el infortunio de otras personas.

Pongamos un ejemplo muy frecuente en la vida de cualquiera.

Llegas a una oficina pública para hacer un trámite. Pongamos que vas a las oficinas de Hacienda Local, para que te lo imagines mejor.

Te enteras de que, para que te atiendan, te toca pedir cita telefónica. Pero, una vez que te la dan y te presentas en el sitio, tienes que sacar un numerito de una máquina, para tener un turno.

Tú no te lo podías suponer cuando llegaste a la oficina. Si ya tenías cita, ¿para qué ibas a sacar un numerito con un turno para que te atiendan? No te entra en la cabeza tanta redundancia.

En fin, que te sientes tonto, porque la gente te dice:

— Ehhh… Oye. Tienes que sacar un número de la máquina.

Y te lo dicen en un tono nada amable, como si tú te hubieses levantado con ganas de colarte en una oficina de Hacienda Local para amargarle la vida a quien estuviese allí.

Lo que pasa es que te lo estás imaginando peor de lo que es. Pero, bueno. Sigamos.

Después del abroncamiento, te vas a la maquinita que dispensa los turnos y consigues sacar un papelito con el tuyo.

¡Hala! Ya tienes el bendito turno y te puedes poner a la cola de todas las personas que han citado a la misma hora que tú.

En esto que llega otra alma cándida y comete el mismo error que tú acabas de cometer minutos antes. Y la concurrencia también le señala con el dedito que se vaya a la máquina de los turnos.

En ese momento, sientes un alivio extraño, como que se aligera la mala sensación que tenías, mientras un pensamiento se dibuja en tu mente:

— Menos mal que no me pasa solo a mí.

Pues, esa cosita es la schadenfreude. No es crueldad o sadismo. Es algo más complejo, más humano… y, sí, un poco incómodo de admitir.

En el ejemplo que hemos visto, de cometer un pequeño error en público, no cuesta demasiado admitirlo. 

Total, la otra persona que se confundió después de que tú lo hicieras, no sufrió más que una pequeña inconveniencia. Y, si no es tan apocadita como Casandra, tal vez ni le dio importancia.

Pero ahora imagínate que te enteras de que una persona que te fulminó en el pasado sufre un «castigo» del destino, en forma de enfermedad o cualquier otra desgracia.

En mi tierra hay una expresión que se utiliza para canalizar la satisfacción que se siente cuando el futuro cobra venganza en tu lugar:

— Dios no se queda con nada de nadie.

No me preguntes por qué. Pero esto viene a significar que el mal que se hace, de alguna forma, regresa.

¡Oh, no! Tú no querías que tu enemigo sufriera. Eso es «malo». Pero, claro, si es la justicia divina la que se encarga de dejarlo pa’l arrastre… Eso es otra cosa.

— Le está bien empleado, por ser un Hip#%a.

Ahí está. Eso es alegría por el mal ajeno, siendo el «ajeno» un hijo de su madre.

Schadenfreude significa literalmente «alegría por el daño«. Aunque no todas las «shadenfreudes» son iguales ni nacen de las mismas necesidades, como vamos a ver en un segundito.

No somos malas personas: somos personas que comparan

schadenfreude: dos tipos comparándose

Según el psicólogo Richard H. Smith, autor del libro The Joy of Pain, sentir cierto alivio o satisfacción cuando a otro le va mal puede estar relacionado con la comparación social.

Compararnos con otros es inevitable, a pesar de que sabemos que no somos muy buenos extrayendo siempre la información adecuada.

Pero, en este caso, cuando cometemos un error o estamos sumergidos en la frustración, compararse con otro que nos parece que está peor es una salida rápida para sentirnos aliviados.

Esto forma parte de nuestra complejidad emocional y, como tal, hemos de aceptarlo.

Imagínate que te sientes inseguro ante un evento, que lo estás pasando mal por cualquier motivo o que tropiezas en un error.

¿Acaso no te hace sentir mejor que no estás tú solo en el trance?

O, como hemos dicho antes, ¿qué tal que te enteras que un desalmado ha caído en desgracia? Cuando eres testigo de que, a quien hace cosas malas, le pasan cosas malas, la sensación de «justicia» es reconfortante también.

Pero hay otras situaciones que despiertan la schadenfreude.

Algunos desencadenantes de la schadenfreude

schadenfreude: un tipo exitoso cae en desgracia

Veamos algunas de las razones más comunes por las que aparece este sentimiento.

Ya hemos mencionado dos muy humanas: proteger la autoestima y sentir que, de algún modo, se hace justicia.

Pero hay más.

Proteger la autoestima
Cuando me siento insegura, puedo celebrar (en secreto) los patinazos de otra persona. No por malicia, sino porque al compararme, me alivia ver que no soy la única que se equivoca.

Bueno, al menos no soy la única que mete la pata.

Esto es lo que Smith llama comparación social descendente. Desde luego que esta comparación no me hace mejor persona, pero me hace sentir un poco menos torpe en ese momento.

Necesidad de justicia
Cuando un personaje prepotente, dañino o arrogante fracasa, la emoción que surge puede resultarme una especie de justicia poética.

No me alegro del sufrimiento, me alegro de lo que simboliza: que el mundo a veces se equilibra.

Eso le pasa por creído.

Según Smith, esta forma de schadenfreude puede tener un componente moral. No es la caída en sí lo que alegra, sino la sensación de que el karma hizo su trabajo.

Competencia
Si mi rival comete un error en un momento clave, y su infortunio me beneficia, ¿cómo no voy a sentir una alegría en ese instante?

Es instintivo: él se equivoca, yo gano (aunque sea por los pelos).

Esto se da mucho en contextos competitivos, como el deporte, el trabajo o incluso entre amigos que compiten sin decirlo.

Cohesión de grupo
Si alguien de mi grupo (mi equipo, mi país, mi familia, mi tribu) tiene éxito, lo celebro como propio. Y si el del grupo rival mete la pata, lo saboreo como si fuera una venganza histórica.

Este tipo de schadenfreude es tribal. No va solo de individuos, va de identidad social: nosotros contra ellos.

Desahogo emocional
A veces, la frustración acumulada necesita una vía de escape. Y, si estoy muy agobiada, el mal ajeno —por más leve que sea— puede convertirse, sin querer, en esa válvula.

No busco esa ocasión, pero aparece. Y entonces, esa pequeña desgracia ajena me arranca una sonrisa que no es cruel, pero sí es reveladora.

Revela que estoy muy quemada, que quiero terminar con mi malestar.

¿En las redes sociales?

alegrarse con las desgracias ajenas en las redes sociales

Mira. A mí no me gustan las redes sociales, pero son un buen escenario para el tema del que estamos hablando.

Ahí todo se amplifica. Y la schadenfreude fluye sin bochornos que valgan.

Los tropiezos se hacen virales, los errores se convierten en memes, y muchas veces se aplaude la desgracia como si fuera un entretenimiento más.

Hay que insistir: no porque la gente sea cruel (aunque algunos sí lo son), sino porque las redes nos desconectan emocionalmente del otro.

Es más fácil burlarse de alguien que no conoces.

Si encuentras a alguien que hace un comentario desafortunado y los demás le caen encima, como una pandilla de buitres, puedes olvidarte un rato de tus malestares del día.

Si tú haces un post diciendo que cancelas tus vacaciones al Caribe, por un problema que te ha salido, ese «amigo» que te envidia se va a alegrar.

Y no gana nada con que tú te fastidies. No va a disfrutar a sus anchas. Pero se siente más aliviado con sus pesares.

Los días en los que Facebook o cualquier otra red social se caen, yo tampoco gano nada. Pero me hace gracia la «desgracia». Es una recompensa mínima.

Quizás como tú, no me alegro del infortunio ajeno. O no me gusta pensar que lo hago.

No es que las desgracias de los demás sean una fuente de realización personal. Es más complejo que eso, salvo para ciertos individuos perversos, que son un caso aparte.

Las personas comunes y corrientes, si nos alegramos de lo malo que le pasa a otro, no es por maldad. Es porque no estamos conectando con su dolor, no lo sentimos como tal.

Y, cuando la vida de algunos de nosotros está rebosante de dificultades, ver que se estrella en las redes sociales una persona que parece tenerlo todo (fama, dinero, éxito), lo que genera, en lugar de empatía, es una especie de alivio colectivo.

No es genial, pero estamos viendo que eso es lo que ocurre.

Y aceptarlo es la mejor manera de buscar otras salidas al malestar y alegrías más edificantes.

¿Qué tiene que ver la autoestima con esto?

una mujer triste, con baja autoestima, se mira al espejo

Mucho. Volvemos al inicio. Cuando tu autoestima está baja, es más probable que te consueles comparándote con los errores ajenos.

Como hemos visto, es un recurso fácil. Y lo que hay detrás no es malicia, necesariamente, sino la necesidad de sentirte valioso.

Pero sabes bien que alimentarse de las caídas ajenas no es la solución definitiva. Si tú y yo nos quedamos ahí, solo nos vamos a sentir bien cuando otro se descalabre.

Y eso es triste. 

Hay mejores maneras de lidiar con un sentimiento de inferioridad. Por ejemplo, dedicarnos a cultivar un aprecio sincero por la persona que somos, a pesar de no ser tan ideales.

Desde luego que no lo somos. De vez en cuando, nos sorprenderemos con la schadenfreude en la comisura de los labios.

Conclusiones

persona contenta con su propio logro

La schadenfreude (alegría por el daño de otro) hay que aceptarla como una realidad humana más. Una que no nos gusta.

Pero es preferible observarla con honestidad a negarla.

Esa es la mejor manera de preguntarnos por qué nos sentimos así.

Tal vez haya algo que necesite atención por nuestra parte: una frustración, una comparación constante, una necesidad de reconocimiento.

Sabiendo qué falla o qué nos falta, podemos trabajar en ello. Y, quizás, obtener pequeños logros, dando pequeños pasos cada día.

Unos pasitos pequeños que podamos celebrar, sin necesidad de que nadie resbale con una piel de plátano para arrancarnos la sonrisa.

Unos pasitos que saben mucho más dulces que la amarga schadenfreude.

Eso sí son buenos momentos.

Estudió y trabajó en Educación Especial. Desde 2010 escribe sobre desarrollo personal en esta página.