Higiene mental

Así se llamó en principio a todos los mecanismos psico-sociales de atención y prevención que hoy reciben el nombre de salud mental.

higiene mentalAquí nos vamos a referir al conjunto de hábitos conductuales que la persona incorpora a su comportamiento habitual para aumentar su bienestar y su calidad de vida.

Cuando nos referimos a higiene física, todos nos podemos hacer una idea de lo que conlleva: cuidar nuestro cuerpo y mantener limpio y ordenado nuestro entorno próximo. Todo ello para prevenir problemas de salud, mejorar nuestra convivencia con los demás, etc. Pues en el caso de la higiene mental se trata exactamente de lo mismo.

Vamos a explicarlo de una manera más clara: Tan importante es ducharnos a diario, cepillarnos los dientes… y toda esa serie de hábitos que asociamos con el cuidado del cuerpo y la prevención de problemas de salud física, como adquirir y mantener hábitos de higiene mental.

Tan responsables somos de cuidar y mantener el cuerpo como la mente, porque no se pueden disociar; lo que le hagamos de bueno o de malo al cuerpo, repercutirá en la mente y viceversa. Ya lo decía Juvenal en la cita que todos conocemos: “Mens sana in corpore sano”, refiriéndose al equilibrio entre el cuerpo y el espíritu (o mente).

Hábitos saludables de higiene mental hay muchos. Mencionaremos algunos importantes y, si acaso, los iremos desarrollando posteriormente.

  • La satisfacción de nuestras necesidades naturales y básicas. Tales como: comer, dormir, tener relaciones sexuales, etc. Su represión injustificada produce daño a nuestra salud mental.
  • La valoración positiva de rasgos propios. A casi nadie se le suele ocurrir revolcarse en el barro antes de salir de casa. Pues lo mismo pasa con nuestra “imagen mental”. La mejora de nuestra auto-imagen y el refuerzo de la autoestima son tareas de las que hemos de ocuparnos a diario. Hemos de ser los primeros en percibir y valorar adecuadamente lo bueno que hay en la persona que somos.
  • La valoración positiva de los demás. Percibir comportamientos y aspectos positivos de las personas que nos rodean, además de mejorar nuestras relaciones, aumenta el grado de bienestar que experimentamos.
  • Uso de la atención selectiva. De todo cuanto acontece alrededor, reconocer qué es positivo y útil para nosotros, aprovecharlo y procurar que no nos afecte lo demás.
  • Uso del recuerdo. Evitar recrear situaciones pasadas en las que experimentamos fracaso y frustración con el único fin de rememorar esas sensaciones. Es preferible evocar recuerdos agradables.

Así podría estar un rato, listando hábitos saludables, porque hay muchísimos que podemos adquirir para aumentar nuestro bienestar. De ellos hemos de ocuparnos a diario, con tanta dedicación como la que prestamos al cuerpo.

Básicamente, la mayoría de ellos se relacionan con el “pensamiento positivo”, que no es más que usar nuestro raciocinio para fortalecer nuestra capacidad de hacer frente a las exigencias del entorno y de manejar las dificultades y problemas que tenemos.

Esa fortaleza llega de manos de un “optimismo realista”, responsable, que enfatiza los aspectos positivos de situaciones y personas (sin ignorar los negativos) para usarlos en nuestro favor.

Se trata de un pensamiento “mentalmente higiénico”, que evita la suciedad y el desgaste que producen los pensamientos destructivos (pesimistas, auto-compasivos, derrotistas…).

Incorporar este estilo de pensamiento a nuestra vida puede ser un largo proceso de aprendizaje para algunas personas, pero merece la pena, por nuestro bienestar y el de las personas que nos acompañan.